miércoles, 22 de julio de 2009

Los Gnomos.



PEDRO LAPIDO ESTRAN
Los Gnomos
Cuento
Ciudad de La Plata, un 21 de Septiembre del año 1996


El reloj, levemente inclinado sobre su muñeca izquierda, indica las tres y media de la madrugada de un veintiuno de Septiembre. El hombre suspira, abandona el bolígrafo que estaba utilizando, se saca los anteojos y frota su cara con un pañuelo tratando de absorber la transpiración que la cubre. Mueve sus brazos hacia atrás en un intento de liberar su espalda de la imaginaria carga que lo molesta. Gira en círculos su cabeza sintiendo como crujen las vértebras de su cuello; bosteza y su visión se empaña.
Está satisfecho. Siempre lo está cuando llega a la etapa final de un trabajo. Es como si brotaran flores de su cansancio. Ha puesto punto final a una novela después de diecisiete años de elaboración. Tanto ha esperado, que ya no encuentra razón para la euforia ni el festejo; sólo ha terminado.
Ahora tendrá que transcribir a máquina unas quinientas páginas; corregirlas, registrar la obra y luego buscar una editorial que quiera considerarla. Sonríe: Aún queda tanto por hacer que el tiempo transcurrido pierde su valor, ante el que todavía necesita. Ha cumplido cincuenta años y estos le pesan, más que nada en espíritu donde ostenta mayores cicatrices. Este es otro desafío en su difícil vida, ya se sabe poeta, lo reconocen y se reconoce como tal, pero meterse a novelista...
Un leve ruido en el estante de una biblioteca que está a su derecha, lo saca de sus cavilaciones. Su perro, que hasta ese momento descansaba plácidamente en un sillón cercano, miraba ahora fijamente hacia, el mueble con las orejas erguidas.
Tres pequeños seres que podrían pararse en la palma de una mano, lo estaban observando. No se asombra, vuelve a sonreír pensando en la gente que le ha preguntado y aun pregunta por qué tituló a su primer libro de poesías, "Mis Gnomos". Sus respuestas siempre mencionan una intención alegórica y suele hacer referencias a la mitología Nórdica y al folklore Paraguayo para satisfacerlas. Cómo podría decirle a alguien sin que lo creyera loco, que lo tituló así por sus visitantes de la noche, esos pequeños que sólo él y su perro pueden ver y oír en la casa desde hace tantos años. Tantos, que ya no se planteaba interrogantes como lo hacía al principio cuando se preguntaba si él y el can eran dueños de un sexto sentido que los demás no poseían.
Esta vez, sólo han venido tres: Krool, el Patriarca ante quien normalmente los demás se subordinan; quien lo mira inquisidoramente mientras repasa su barba con su mano izquierda. Ploof, a quien le cuesta acomodar su gordo cuerpo entre los libros y Bebeel, el más joven y travieso de cuantos lo han visitado.
- ¡"De modo que han vuelto"! - exclamó suspirando.
- ¡"De modo que has terminado al fin tu novela"! - replicó Krool, desapareciendo de la biblioteca y apareciendo sobre el escritorio.
El cambio de lugar fue tan rápido que sorprendió al escritor; quien todavía no sabía si los Gnomos se desmaterializaban o se trasladaban, cuando cambiaban de lugar.
- Así es, he terminado. - atinó a decir.
-¡ Con diez años de retraso ! - intercedió Ploof, quien también se había trasladado en una fracción de segundo.
- Bueno, ustedes saben; El trabajo, la familia - contestó como justificándose.
- ¡ Un cuerno! - dijo Krool con gesto adusto.
- El trabajo, la familia; son accidentes variables. La obra que debe realizar un hombre, es parte de un plan cósmico y no puede postergarse.
- Cualquiera pensaría oyéndolos, que acabo de terminar la Divina Comedia - les respondió riendo.
- Ni divina, ni comedia - insistió Krool - Pero lo que te hemos hecho decir en esta obra, ya debería estar leyéndolo la gente.
- ¡ A claro, como es tan fácil ! - Sólo se trata de llegarse hasta la editorial mas cercana y decirles: "Señores aquí traigo esta novela y como me la dictaron Los Gnomos, tienen que editarla de inmediato". Total, ¿ Qué puede pasarme ?,"que me encierren por loco, nada mas".
- No te hace falta ser irónico - Dijo Ploof - Y mucho menos histérico. Además nosotros no te hemos dictado nada, solo te hemos sugerido, advertido, informado..
-Y acompañado - agregó Krool - Cuando estabas muy solo; Como aquella noche cuando llorabas en la oscuridad, bajo la lluvia... Era la víspera de tu cuarenta y ocho cumpleaños
¿ Recuerdas ?
Si, el recordaba y con los recuerdos asumía que tal vez fuera un hombre esquizoide o realmente un hombre solitario y se preguntaba si el perrito pintado en cartulina que recibiera de regalo aquel día, cuando pensaba seriamente en la muerte, no habría sido inspirado por ellos para salvarle la vida.
No quiso discutir mas, prefirió seguir exponiendo excusas:
- Pero... los.. hijos - Balbuceó
- Los hijos, no son tus hijos; son hijos de la vida - Replicó Ploof airado.
- Si, ya se lo dijo al mundo el poeta Khalil - Se atrevió a responder.
- Y a Khalil, se lo dijimos nosotros antes. Sólo que él lo comprendió, tú no - Dijo Krool señalándolo con un dedo.
- Pero... yo los traje a este mundo - Vaciló el escritor.
-¡ Ji, Ji, pregúntales si quieren irse ! - Dijo Bebeel parodiando una risa e interviniendo por primera vez, mientras metía la mano en la azucarera que estaba sobre el escritorio y se chupaba uno a uno los dedos.
Krool, extendió su mano con la intención de asestarle un golpe, diciéndole:
-"Tú cállate"- Pero Bebeel ya había desaparecido del lugar y aparecido sobre el tubo del teléfono adonde se sentó y quedó en silencio.
-¡ Dios los trajo a este mundo, no tú ! y podía haberlo hecho en otro lugar de la tierra. Ellos tienen que agradecerle a Dios por ser tus hijos y no los de un hambriento Somalí. Si ellos no pudieron elegirte como Padre, tu tampoco pudiste elegirlos como hijos. ¿ No te gustaría acaso que fueran diferentes ? - Concluyó preguntando Krool.
- Tal vez, ¿ Pero quién me asegura que no son la consecuencia de la educación que yo les di
- "Bah" - Vociferó Ploof - si tus hijos llegasen a ser brillantes y exitosos, jamás los oirás decir que fue por tu mérito, pero tú, tú.
- ¡Tú, serás lo que debas ser o sino no serás nada - Interrumpió Krool.
- Creo haber escuchado eso también - Dijo el poeta riendo.
- Sí, pero quien lo dijo nos hizo caso cuando se lo enseñamos.
- Cualquiera diría que son un poco soberbios - se dijo el escritor
- "¡ Te queda poco tiempo para ser y mucho menos para disfrutar lo que logres !".
Hablaron los dos juntos y callaron al mismo tiempo. El escritor se quedó observándolos: Desde que habían aparecido en su vida, el había aprendido mucho de ellos; pero todavía no podía definirlos. Ha veces le parecían seres sensitivos y buenos, otras; perversos e indiferentes. No sabía si esto era porque ellos eran cambiantes o porque su invariable objetividad los hacía aparecer así.
- Bien, si quieres desperdiciar lo que te queda de vida, allá tú - Prosiguió Krool.
- ¿ Es que no me queda mucho, tal vez ? - Preguntó.
- ¿ Quieres saber exactamente cuanto ? - Indagaron los dos juntos otra vez.
- No, no. No hace falta - Contestó.
- De cualquier manera nosotros te lo diremos un minuto antes - Dijo Krool muy formal.
- ¡ Ah, pero "muchas gracias" ; Son ustedes muy generosos ! - Dijo el poeta riendo.
- Humm, no tiene importancia - Replicó el Gnomo sin abandonar su momentánea formalidad.
- ¿ Dinos que piensas escribir ahora ? - Preguntó Ploof.
- Bueno, había pensado en comenzar con una segunda parte de la Novela; ya realicé el plan de trabajo.
- No es necesario, el mensaje está muy claro en lo que has escrito.
- Entonces, no sé, no se me ocurre... no tengo deseos de escribir poesía, no sé.
- ¡ Cuentos, escribe cuentos ! - intervino Bebeel.
- "Es buena idea" - Dijeron Krool y Ploof al mismo tiempo, agregando:
- "Nosotros vendremos a ayudarte" -
- "Te contaremos historias" - Insistió Bebeel, contento de que hubieran aceptado su idea.
El Poeta se encogió de hombros, resignado.
- Bien, te sugeriremos algo en una próxima noche - Dijo Krool.
- Y volverás a vernos cuando termines el primero - Dijo Ploof.
-"Compra dulce de leche" - Gritó Bebeel.
Un segundo después el escritor volvió a estar solo y recordó cuantas veces, después de esas partidas intespestivas el se había quedado pensando si no estaría realmente loco.
El reloj indicaba que faltaban pocos minutos para las cuatro de la mañana. Se levantó de la silla, fue hasta el lavatorio del baño a refrescar su rostro y luego ascendió lentamente la escalera que lo llevaba hacia su dormitorio; porque necesitaba dormir y tal vez aún... ¡Hasta pudiera soñar!



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Un Tercero en la cita.



PEDRO LAPIDO ESTRAN
Un Tercero en la cita
Cuento

Rota, España en el año 2023


Amanecía: José Antonio Pedro Del Carril, detuvo suavemente su automóvil frente a la valla de entrada de la Base de Rota, resignado a sufrir una vez más, la rígida inspección de acceso. Hacía más de quince años que esta se repetía desde que la Base pasara de manos Americanas a manos Españolas, para convertirse luego en el Centro Espacial de la Comunidad Europea; pero el aún no lograba evitar el fastidio que le causaba esa repetida interrupción aunque la supiera absolutamente lógica y la apoyara como irrevocable.
A lo lejos, una enorme estructura de lanzamiento parecía desperezarse entre la bruma; la misma que había condicionado su vida por quince años.
Cumplida la inspección y tras el saludo de los guardias, inició su marcha hacia el lugar donde pasaba la mayor parte de su vida en los últimos tiempos. Mientras avanzaba, observaba como todos los sectores entraban en acción al ritmo pasivo del bostezo. Con los primeros rayos del Sol, su imaginación le hizo ver nuevamente el vehículo espacial tan grande y complejo que partiera de allí, dejándole sin embargo la fascinación de intuirlo siempre presente en el silencio con una opresión de emoción en el pecho.
¡ Cuanto le había costado coordinar ese viaje !; La participación Internacional, lo obligó a compatibilizar la despreocupación Americana con la meticulosidad Alemana, la desconfianza Rusa, la soberbia Inglesa, la jocosidad Francesa, la improvisación Latino-Americana y por supuesto, la tozudez Española; Sí, la de él, ¡ un típico Gallego nacido en la Coruña! Reía mientras entraba en la Sala de control de vuelos, provocando una especial atención en los aburridos guardias. Siempre llegaba antes de la entrada del personal diurno, quería enterarse por la propia boca de los participantes, de cualquier noticia que se hubiera recibido durante la noche anterior.
- ¿ Novedades ? - Preguntó tras el saludo de práctica.
- Todo normal en la nave Señor, faltan apenas dieciséis horas para el contacto - fue la respuesta que obtuvo.
Se sentó frente a su escritorio, pidió un café y se quedó mirando fijamente una maqueta que era casi una aguja dorada, mientras murmuraba:
- ¡ Dieciséis horas, sólo dieciséis horas !,"Que lejos estaba".
Mientras tanto ; El enorme navío, devora espacio y tiempo en un cielo infinito. Sobre una parte de su estructura, como una publicidad sin sentido lleva escrita la frase: "HOMBRES DE LA TIERRA". A bordo, todo es bullicio y alegría. Tras quince años de viaje, se festeja la entrada a la adolescencia de la primera generación, nacida a poco de partir. La algarabía es incrementada por la presencia de todos los miembros de las siguientes generaciones en el salón principal, incluidas las mascotas de la nave; los niños de entre tres y cinco años que, liderados por Gastón del grupo Francés y Yoko del grupo Oriental, perturban a todos los hombres de guardia con sus bolillas luminosas.
Los Comandantes; Timoshenko ( Grupo Ruso ), Cortés ( Grupo Latino ) y Pearl ( Grupo Inglés - Americano ) observan desde sus puestos de mando el transcurrir de los festejos, satisfechos de la alegría y disciplina reinante en la nave y lamentan no poder compartirlos a pleno hasta terminar con los preparativos de encuentro y contacto previstos para dieciséis horas después.
Viajan rumbo a un sitio Astrográfico determinado, donde se producirá su encuentro con una nave que transporta habitantes de un Planeta regido por la estrella Sirio, en la Constelación de Alfa del Can Mayor. Por primera vez en la historia de la humanidad el hombre se encontrará cara a cara con seres de otro Mundo, nacidos a más de ocho años luz de distancia. Para eso, los técnicos de la tierra habían fabricado la nave en que viajaban, a fin de enviarla al espacio con la intención expresada de acortar en quince años la cita y con la intención oculta tal vez de que si algo andaba mal, sucediera muy lejos de la Tierra. En ella viajaban grupos familiares de todas las razas y se concentraba la última tecnología de todas las ciencias. Portaban lo mejor del arte y del deporte; llevaban muestras y registros de todos los especímenes vegetales, animales y minerales conocidos. Era un Arca, un Arca fabulosa que corría a velocidad vertiginosa por el espacio, rumbo a la más grande cita que alguna vez tuviera la humanidad. Por esta misma razón, su preocupación era mucha; nada debía quedar librado al azar, todo debía ser meticulosamente previsto.
Los tres se preguntaban como serían los seres de Sirio. Sabían que eran de constitución antropomórfica y poseedores de una ciencia avanzada, pero nada más. El Consejo de las Naciones no había querido mostrar nunca una imagen de ellos. Permanecía latente la posibilidad de que fuesen tan distintos, que ambas especies se vieran monstruosas entre si. Entonces, ¿Cómo se establecería la comunicación? - ¿Sería posible la convivencia?; estos eran los interrogantes que aún sobrevivían.
Los tres comandantes y sus oficiales de alto rango tenían derecho a esta sospecha desde que les hicieran hacer largos períodos de adaptación al lado de las especies que transportaban sean aves , peces, insectos , mamíferos o reptiles y se les negara la imagen de los visitantes aduciendo que esto era parte del programa de adaptación a las sorpresas que pudieran encontrar en el Universo.
Transcurrió el tiempo. Con el cansancio se fue apagando el bullicio de la tripulación y también sus conjeturas. Todos se retiraron a descansar.
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Diez horas después, una gran pantalla ubicada en el Salón principal, mostraba una gigantesca esfera blanca que se aproximaba lentamente a la aguja. Los cientos de tripulantes, formados en silencio en el lugar, aguardaban ansiosos el momento del contacto. Los cuerpos metálicos se adhirieron mutuamente; se realizaron las manipulaciones técnicas necesarias y al fin... se abrió la gran compuerta que dejaba comunicados a los dos navíos.
Por los parlantes, una voz entrenada durante años para ese momento dijo:
- ¡ Estamos ante el más grande momento vivido por hombre alguno en la Historia de la Humanidad. Recibamos con un intenso aplauso a nuestros hermanos de Sirio !
Estalló un aplauso alentado por centenares de palmas, que se mantuvo hasta que los visitantes entraron en el recinto; luego, en la medida en que avanzaban, fue decreciendo hasta concluir en forma definitiva. Hubo un instante de absoluta inmovilidad entre la gente de la tierra. Por un momento se hizo notorio el silencio, después, comenzaron a retroceder sin que mediara la decisión de Cortés que estaba al frente de la recepción.
Timoshenko se alegró de haber prohibido, aun a los oficiales de su grupo operativo, la portación de armas para ese momento. Sólo portaban armas los hombres de guardia apostados en el piso balcón del salón y Pearl reaccionando antes que él ante la situación, dio una orden directa a viva voz sin requerir antes la atención de los guardias:
- ¡ Pena de muerte sin apelación, al que utilice un arma sin previa orden de alguno de los Comandantes, pase lo que pase ¡
- "Confirmo" - apoyó Timoshenko.
Pareció percibirse la distensión muscular de las manos, ya demasiado aferrada a las armas. Cortés, que, sin avanzar al encuentro de los Sirianos, había quedado sólo al retroceder los demás, solicitó tranquilidad en voz muy baja y ordenó en el mismo tono que cesara el retroceso. De esa manera logró que algunos de sus oficiales desandaran el camino aproximándose a él nuevamente.
Mientras tanto, observaba que los recién llegados parecían no portar armas y seguían avanzando sin que la apariencia humana los sorprendiera y sin haberse dado cuenta del hecho que había provocado su aparición. Finalmente, se detuvieron a unos tres metros de él, que se veía enfrentado por primera vez en su carrera a una situación sin antecedentes válidos que le determinaran una actitud.
Pearl y Timoshenko, se acercaron . Los visitantes los observaban en silencio, tal vez esperando la iniciativa de sus anfitriones; aunque no podía saberse si estaban serios o sonrientes. Pearl, se espantó al darse cuenta de que no encontraban la forma de establecer comunicación con ellos. Mientras tanto, allí a dos o tres metros, se erguían unos seres de promedio más alto que el humano, extremadamente delgados, de piel verde mate agrisada, lisa y sin vello, con miembros largos y sin mayor evidencia de huesos. Sus manos, tenían siete dedos muy largos que terminaban en una pequeña ventosa cada uno. Sus orejas eran enormes y en forma de almeja. Sus ojos, circulares y tres veces más grandes que los terráqueos, eran de color naranja con una pupila violeta. Sus bocas, pequeñas y de abertura breve. Su nariz; imperceptible. No tenían cabello.
Todos cubrían sus cuerpos parcialmente con ropas de material brillante que en unos eran uniformes de color plateado y en otros de múltiples colores y formas diversas adornando a quienes tal vez fueran sus mujeres.
Lo tan temido por los Comandantes estaba sucediendo: ¿ Podrían Terrestres y Sirianos estrecharse las manos, abrazarse, besarse alguna vez ?
La tensión llegaba a su punto culminante y Cortés abrió los labios para emitir una primer disculpa apenas bosquejada por su cerebro, que sirviera como primer intento de buena voluntad mientras ganaba tiempo; cuando Gastón y Yoko tomaron la iniciativa:
Salieron de improviso de entre la gente que se amontonaba detrás de los Comandantes y superando a estos arrojaron verticalmente sus bolillas luminosas al suelo enfrente mismo de los primeros Sirianos que hubieron de retroceder ante su intespectiva acción.
Las esferas saltaban y giraban emitiendo destellos de distintos colores y sonidos musicales diversos según como cayeran, en un alarde de tecnología lúdica ante la cual los Comandantes ya no supieron como actuar.
Un pequeño Siriano salió de entre su grupo; una mujer intentó detenerlo, pero un hombre se lo impidió con gesto sereno. El chiquillo llegó hasta las bolillas y se detuvo a observarlas. Yoko, atrapó en una manito dos de ellas y se las ofreció al visitante. Este, dudó un instante, pero luego extendió una de sus manos con la palma hacia arriba y Yoko depositó las bolillas en ella, sin reparar en su forma y color.
El Sirianito las arrojó al suelo y cuando comenzaron a saltar y a emitir luces y sonidos, su rostro se transformó; Los ojos se le agrandaron y tomaron brillo, la punta de su nariz se elevó y en los costados de su boca aparecieron dos hoyuelos, quedando su cara con una agradable expresión cómica: ¡ El pequeño visitante sonreía !
Esta vez fue Gastón quien se aproximó a observarlo y empezó a reírse. El chiquito también lo hizo, emitiendo unos sonidos roncos. Yoko y Gastón, estallaron en carcajadas. Entonces, como si respondieran a una orden, decenas de niños Sirianos y Terráqueos al unísono empezaron a rodearlos: Se hablaban, se tocaban, se empujaban, se caían y se levantaban acosándose y ayudándose entre si.
Una niña Siriana examinaba los largos cabellos rojos de una niña Terrestre, con la tranquilidad de alguien que ya los conocía, mientras la terrible Yoko estrujaba la oreja de un visitante tratando de ver cómo era y es que realmente ella no lo sabía. Todos reían; pronto los mayores se dieron las manos, girando en torno de los más pequeños, que se revolcaban en el piso, tratando de capturar la mayor cantidad de bolillas posibles para arrojarlas nuevamente. Manos verdes de siete dedos con manos blancas y morenas de cinco. Los niños enseñaban a los grandes lo que debían hacer.
Cortés se aproximó al Comandante Siriano con su mano extendida. Pearl miraba asombrado como ambos grupos se acercaban tímidamente tratando de comunicarse.
Timoshenko no podía creer lo que veía: ¡ Después de todo, era posible !; Recordó que en la Tierra un hombre esperaba ansioso desde hacia quince años y se dirigió con prisa hacia el centro de comunicación. Desde los primeros peldaños de una escalera se volvió a observar lo que sucedía y vio brillar gotas de agua en las mejillas de Terráqueos y Sirianos. Entonces exclamó:
-" Ríen y lloran" - y por primera vez él - ateo desde siempre - tuvo una concepción de Dios.
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José Antonio Pedro Del Carril, recibió un mensaje extraño en la Base de Rota:
- Contacto establecido, todo bien, Stop.
- Dios existe, el hombre es pequeño, Stop.
- Firmado: TIMOSHENKO.
Aún atónito y sin proponérselo, Pedro Del Carril dictó a su asistente un mensaje más extraño aún:
- " A todos los gobiernos del Mundo": "Que se enciendan todas las luces de la Tierra". -
¡ "DIOS NECESITA UN ARBOL DE NAVIDAD" !

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El Barbaro.


El Kübilay Khan,
nieto de Gengis Khan y fundador del imperio mongol chino
y de la dinastía Yuan a partir de 1276.


PEDRO LAPIDO ESTRAN

El Bárbaro

Cuento
En algún lugar de la estepa asiática no lejos de los montes khangai, en el año 1212


El ave rapaz, sobrevolaba la estepa aguzando su vista perspicaz en busca de una presa, cuando divisó las nubes de polvo que levantaban los caballos lanzados al galope. Su avidez la llevó a acercarse, para comprobar rápidamente que aún no era su tiempo. Abajo, se enfrentaban con ímpetu, dos grupos de jinetes Mongoles montados sobre sus caballos petisos, cuyo vigor los trasladaba con facilidad por las áridas estepas asiáticas.
El Sol, refulgía sobre las hojas de las espadas buscando los cuerpos. Los caballos resoplaban sudorosos ante la exigencia de los hombres. Un grupo empujaba y el otro cedía. En ambos, se advertía la extraordinaria simbiosis de los jinetes con sus animales. En algunos casos, las riendas se hallaban flojas y atadas a los cintos de los guerreros, que conducían a los caballos solamente con sus piernas y sus gritos, mientras con una de sus manos manejaban diestramente sus escudos, protegiéndose y con la otra blandían sus armas asestando golpe tras golpe entre los giros y avances de sus animales.
Las flechas hendían el aire demostrando otra característica de esos guerreros; su habilidad para disparar sus arcos cabalgando. El campo era un aquelarre de hombres endemoniados que mataban o morían con la misma convicción e indiferencia.
A la distancia, un jinete lujosamente ataviado con prendas de seda china y coraza de cuero repujado, observaba la batalla y daba instrucciones que sus capitanes se apuraban a trasladar al campo. Sobre sus botas de cervicapra ( Antílope de la India ) relucían las espuelas de oro y de la empuñadura de su espada surgían los destellos de las piedras preciosas. Un casco de oro matizado con joyas y pieles, cubría sus largos y negros cabellos. En su cara, resaltaban sus finos y colgantes bigotes y la mirada penetrante de unos extraños ojos claros.
Se llamaba "Temujin" y era el jefe de la Nación Mongola, creada por el mismo a partir de la unificación de hombres desterrados de las distintas tribus nómades.
Ahora, trataba de someter definitivamente a una de ellas, dispersa por sus dominios y rebelde a su autoridad. Levantaba su brazo derecho para indicar un avance, cuando una flecha llegó hasta él con la fuerza suficiente como para superar la resistencia de la coraza, atravesar su cuerpo y asomar la punta por su espalda entre el hombro y el cuello. El impacto fue tan sorpresivo y violento que el Conquistador y su guardia quedaron desconcertados.
La flecha, por su trayectoria, no había venido del campo de batalla; lo que ya hubiese sido sumamente valioso para un arquero, porque este se hallaba a considerable distancia. La flecha había partido del otro lado del campo y ese era un disparo increíble.
Superado el desconcierto; Suboday, uno de sus generales, dio la orden para que buscaran y mataran al autor. Los hombres se movilizaban, cuando Temujin la rectificó, mandando que lo capturaran vivo y lo trajeran a su presencia. Ninguno de los hombres presentes se animaba a imaginar la muerte reservada por el Conquistador para el arquero.
Ya en su tienda y mientras la batalla terminaba a su favor; el hombre de los ojos color acero, cortó con su propio cuchillo la cola de la saeta que tenía clavada en su cuerpo. Dobló y colocó un cuero en su boca, apretó los dientes y ordenó a sus ayudantes que la retiraran desde atrás. Luego, ya vendado y sentado en el trono de su tienda permaneció examinándola detenidamente. La madera era lo suficientemente dura como para permitir que la flecha tuviera un cuerpo más delgado que las usuales y a su vez, extremadamente liviana.
Al poco tiempo, sus hombres entraron en la tienda y arrojaron a sus pies a cinco arqueros enemigos entre los cuales supuestamente estaría el autor del disparo. Los prisioneros, desde el suelo no se animaban a levantar la vista temiendo por el golpe que cortara sus cuellos.
Temujin los observó en silencio un momento. Luego, pidió examinar un carcaj lleno de flechas que estaba entre las armas traídas. Las revisó y preguntó a quién pertenecía. Cuatro de los hombres no se animaron siquiera a levantar sus cabezas. El quinto, un pequeño individuo de mirada atrevida, dijo sin ceremonia:
- "Es mío".
Suboday se acercó a golpearlo por su insolencia pero un gesto de Temujin lo detuvo.
- Quiero ver tu arco - Solicitó.
El hombrecito buscó entre las armas y entregó el arco pedido. Era más delgado y más alto que los otros, de madera fibrosa y muy elástica.
- ¿ De donde es esta madera ? - Preguntó el jefe Mongol.
- De un arbusto de los montes Altai - Respondió el hombre.
- ¿ Hay más arcos de estos entre tu gente ?
- No señor es el único.
- ¿ Se podría conseguir madera para construir más ?
- Si señor el Altai está lleno de ella.
El Conquistador arrojó el arco hacia las manos de su general y dijo:
- "Suboday, ténsalo" .
El hombre, - alto entre los Mongoles - y de fuertes brazos, intentó hacerlo varias veces sosteniendo la cuerda contra su cuerpo y alejando el arco o sosteniendo el arco en la punta de su mano y tratando de acercar la cuerda a su pecho, sin conseguirlo. El dueño mientras tanto se esforzaba por disimular una sonrisa.
- Esta bien, déjalo - Ordenó Temujin. Y dirigiéndose al pequeño arquero solicitó:
- Ahora inténtalo tú.
El hombrecito tomó el arco ante las sonrisas de incredulidad de los guerreros presentes; Lo apuntó hacia el techo de la carpa, tiró de la cuerda hacia abajo sin mayor esfuerzo y cuando estuvo tensado lo dirigió directo al jefe Mongol. Suboday lo derribó de un empujón y desenvainó su espada dispuesto a matarlo, diciendo:
- "De modo que fuiste tú, cerdo".
El sable ornamentado de piedras preciosas abandonó la vaina que pendía de la cintura de Temujin y la hoja de acero Persa se interpuso ante la trayectoria del arma anterior.
- Suboday, no vuelvas a decidir por mi en mi presencia. Dijo el Conquistador y preguntó:
- ¿ Es que nunca lograrás ver más allá del alcance de tus ojos ?
Y mientras Suboday lo miraba sin comprender, dirigiéndose al arquero preguntó:
- ¿ Tú arrojaste la flecha que se clavó en mi cuerpo ?
- Sí, gran Khan - Contestó el hombre.
- ¿ Donde conseguiste ese arco ?
- Yo mismo lo hice, gran Khan.
- ¿ Y puedes hacer otros ?
- Si señor, todos los que desees.
Los ojos acerados del bárbaro bosquejaron una sonrisa de satisfacción mientras con la hoja de su espada apoyada en el mentón del hombrecito, levantaba su cabeza y se aprestaba a realizar otra pregunta.
En ese momento, uno de sus oficiales irrumpió en la tienda y tras disculparse expresó:
- "Mi señor, el Príncipe Jamuga ofrece todo su oro y sus piedras preciosas, a cambio de su vida y la de sus generales".
El Conquistador lanzó una carcajada y contestó:
- Sus cabezas ya no podrán lucir su oro ni sus piedras; "Córtaselas"
Esperó a que su oficial se retirara y en medio del sepulcral silencio reinante en la carpa volvió a dirigirse al hombrecito del arco:
-Como vez, ya no tienes jefe.
-¿Quieres morir ahora como un arquero que no pudo matar a Temujin o quieres vivir como el más grande arquero del Mundo, a las ordenes del Gengis Khan? Se dio vuelta para sentarse en su trono, con una casi imperceptible sonrisa en su rostro, esperando la respuesta.
-Te serviré fielmente, gran Khan. Dijo el arquero.
- "No mi señor, mátalo, te traicionará" - Interrumpió el general.
Los ojos color acero del bárbaro acrecentaron su brillo al contestar:
-"Suboday, tú encárgate de que ninguno de mis hombres retroceda jamás y no vuelvas a entrometerte en mis decisiones". Toma ahora cien arqueros nuestros y cien hombres más, parte con ellos hacia el Altay y consíguele a este hombre todo lo que necesite para fabricar cien arcos como este y también sus flechas. Te hago responsable por su vida. Cuando los arcos estén listos quiero que este arquero entrene a los nuestros y cuando hayan terminado, vengan a verme. Temujin ha hablado.
Tres meses después cien arqueros excepcionales integraban la vanguardia del Gengis Khan. Pronto, esa cantidad se fue multiplicando.
Para el año de 1220 el líder Mongol, ya había conquistado todo el Norte de China, Turquestán, Jorasán y el Sur de Rusia y en poco tiempo más, su imperio se extendía desde el Danubio al Mar de la China y de Persia a Siberia. A su lado, entre sus generales, cabalgaba el pequeño hombrecito que un día estuviera a punto de matarlo y en cada una de las avanzadas de sus ejércitos que amenazaban a todo el Mundo conocido; un grupo de increíbles arqueros sembraban el desconcierto entre los enemigos.
Sobrevolando las nubes de polvo, los ahítos buitres seguían las rutas del "Príncipe de los Conquistadores" sin abandonar su prudencia; Ellos no creyeron nunca que el Gengis Khan hubiera aprendido a perdonar.

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Historia de Dioses.


PEDRO LAPIDO ESTRAN

Historia de Dioses
Cuento

En algún lugar de las costas atlánticas de América cuando esta aún no había nacido



Todo comenzó un atardecer, cuando los ancianos de la tribu repartieron los trabajos y me enviaron a cuidar el fuego de la playa. Al llegar a la orilla del mar me encontré con Runok, el hijo de Orlán, el pescador; llevando algunas ramas para el fuego.
-¡ Salud, Ammón ! - Me dijo acercándose a mi - ¡ No te envidio la suerte !
- Aclara tus palabras, muchacho. Respondí.
- Cosas raras pasan en el Mar; El Sol se ocultó esta tarde antes que otros días y enormes nubes negras se elevaron al cielo oscureciéndolo todo. Luego, grandes bolas de fuego se elevaban iluminando por un momento las aguas, mientras estremecedores truenos parecían brotar desde su lecho. Además, escuché a mi Padre y a los otros pescadores, hablar del mar agitándose como una serpiente. Por momentos creyeron que no podrían regresar y cuando finalmente así lo hicieron, regresaron asustados y trayendo sus redes vacías, pues los peces habían desaparecido de las aguas.
Miré las olas embravecidas que trepaban una y otra vez sobre la arena, estrellándose contra la vegetación y despedí a Runok con un gesto de fastidio; Este se apresuró a dejarme. Quedé sólo en la playa y caminé hacia el fuego para asegurarme de que se hallara en un sitio donde no lo tocara el agua. El muchacho había hecho un buen trabajo; la hoguera estaba entre unas altas piedras y a su lado había suficiente madera para alimentarlo hasta el amanecer. Me desprendí de la pesada maza que llevaba y sentándome reflexioné acerca de las palabras de Runok. La madera seca, crepitaba; La noche, muy oscura y llena de sonidos extraños que provenían del mar, arrojaba su piel sobre mi cuerpo...
Me desperté asustado. Un resplandor púrpura asomaba por arriba de la fronda. Eran los primeros síntomas del amanecer. Sentí voces y me apresuré a colocar algunas ramas sobre el fuego, ya casi apagado. Si alguno de los ancianos venía esa mañana con los pescadores y observaba la hoguera, me esperaría un día horrible; atado en el centro de la aldea, al Sol, sin agua y soportando la burla de unos y el reproche de otros por haberme quedado dormido, permitiendo que muriese el fuego de la playa.
Soplé desesperadamente las brasas, tratando de hacer surgir las llamas, hasta que mis oídos escucharon voces que no eran en nuestra lengua y tampoco en ninguna conocida.
¿ Sería yo también culpable de no haber advertido la invasión de una tribu lejana ? Me incorporé asomándome nervioso entre las piedras y un escalofrío recorrió mi cuerpo. En la playa, encallada sobre la arena, se encontraba una barca gigantesca y extraña. Casi de treinta brazos de largo, sin fuegos en la cubierta y sin embargo, "toda iluminada". Y en la arena, a pocos pasos del agua...¡ Los Dioses !, no podía confundirme; eran ellos, tal cual los describía el anciano Tulex por las noches, contándonos cómo le habían entregado un día el fuego sagrado, ese que manteníamos encendido en forma permanente adentro de la choza mayor y junto al cual nos sentábamos a escucharlo.
El Dios era alto y delgado; los cabellos áureos le caían a ambos lados de su cara tocando sus hombros. Tenía el torso desnudo, pero no su vientre, pues llevaba en su cintura un ancho cinto de cuero con adornos dorados y de el pendía una falda roja que le llegaba hasta las rodillas. Sus pies estaban cubiertos por una piel clara con rayas oscuras que yo no había vistonunca antes y que le cubría toda la pantorrilla en ambas piernas. Rodeaban sus antebrazos unos anchos anillos brillantes y de su cinto colgaban una gran bolsa y una funda de cuero con un objeto extraño. Los músculos de sus hombros, su pecho y sus brazos eran grandes y redondos y su piel brillaba como si estuviera cubierta con aceite.
Las Diosas eran dos y estaban cubiertas por largas túnicas del color del cielo y los cabellos dorados les caían sobre las espaldas hasta la cintura, estando sujetos a la altura del cuello por cintas brillantes. Los ojos de las dos divinidades eran de color verde y la piel, la que se veía y la que se adivinaba bajo las vestimentas, era mucho mas blanca que la arena que pisaban.
Caminé hacia ellos sin proponérmelo; El Dios me vio y tomando el objeto extraño de su funda con su mano derecha, me apuntó con el, hablándome en una lengua desconocida. Yo me detuve aunque no comprendí nada, pero el entonces pronunció palabras en otras lenguas hasta que le oí finalmente decir en la mía:
-¿ Quién eres ? - Acércate, nada temas.
- Soy Ammón - dije balbuceante - guerrero de la tribu del Rey Tulex; perdóname señor por haberme quedado dormido y dejar que el fuego de la playa se apagara; mátame si así lo deseas, pero por favor no me conviertas en la vergüenza de mis padres.
-"Nada te pasara Ammón, yo he venido a ayudarte".
Las dos Diosas sonreían y se aproximaban lentamente.
- ¿ Dónde se halla el fuego del cual hablas ? Preguntó el Dios.
- Aquí, aquí entre las piedras. Respondí caminando hacia el lugar, seguido por los tres.
- Bien, colócale encima todas esas ramas que tienes y apártate de el.
Ni bien lo hice, dirigió su mano hacia las ramas y una luz partió del objeto que sostenía, encendiendo el fuego de inmediato. Caí de rodillas en momentos en que los pescadores llegaban a la playa portando sobre sus hombros las barcas de pesca.
La misma sorpresa que viviera yo instantes antes, la sufrieron ellos y arrojando las barcas al suelo, huyeron asustados hacia la aldea. Pronto, todo el pueblo con los guerreros al frente estaría en la playa.
El Dios dijo:
- Ya tienes tu fuego - y agregó: - Tranquilízate, cuando llegue tu gente nada te sucederá.
Cuando los primeros guerreros llegaron, se pararon asombrados a pocos pasos de los árboles y detrás de ellos se fue amontonando mi pueblo.
Nuestro anciano jefe avanzó hacia el Dios y este adelantó su mano izquierda. Un guerrero joven, demasiado nervioso por lo que veía o interpretando mal su gesto, le arrojó su maza. El Dios elevó su mano derecha y la misma luz que encendió antes el fuego, cruzó el aire esta vez hacia la maza que desapareció un instante después como si nunca hubiera existido.
Todo el pueblo murmuraba, mirando con ojos azorados la escena. Nuestro jefe, dispuesto a reparar el equívoco dijo al guerrero:
- Caztla, has osado decidir por tu rey; lo pagarás con tu vida.
- ¡No! - Dijo el Dios interviniendo - No hace falta su muerte ni ninguna mas. Venimos a enseñarles a vivir mejor y para ello traemos enormes poderes. Avisen a todas las tribus que he llegado y que desde hoy, regiré vuestras vidas.
Dirigió su mano llameante hacia una piedras, que desaparecieron como la ceniza ante el viento. El pueblo todo, con nuestro jefe a la cabeza se postró ante el.
Y aconteció que aquellos Dioses se incorporaron a mi raza; su barca fue vaciada y de ella bajaron elementos maravillosos que luego guardaron celosamente en grandes construcciones de piedra que edificamos bajo su dirección.
El Dios, eligió de entre todos los animales terrestres a la serpiente mas maligna y se complació en dominarla, tanto que aunque ella mordiera ya nunca mas pudo matar. Fueron tan mansas como pájaros, tanto que nuestros artistas hasta las representaban vestidas con plumas en sus obras. Creciole luego al Dios una barba muy larga y honró a muchas de nuestras vírgenes a quienes fecundó para crear la familia de los Reyes y yo mientras tanto, fui honrado con sabiduría. Aprendí muchas cosas sobre el cielo, la tierra, las aguas, las piedras y las plantas. Pude predecir el tiempo y lo bueno y lo malo mirando las estrellas.
Fui luego obsequiado con el enorme privilegio de poder acariciar la blanca piel de una Diosa y fecundarla tres veces para fundar la dinastía de los Sacerdotes. Mis hijas tuvieron mi color y su belleza y luego fueron fecundadas por los hijos de las vírgenes elegidas y una nueva y bella raza prevaleció entre mi gente; La de los hijos de los Dioses.
Mi pueblo construyó grandes ciudades con hermosos templos, aprendió a sembrar, hilar y confeccionar sus vestimentas y a vivir con justicia y sin necesidades. El fuego ya no fue un elemento sagrado, pues todos fuimos dueños de él y ninguna tribu se atrevió jamas a ignorar o discutir las directivas de los Dioses. Ellos permanecieron junto a nosotros por muchos años, en los que conocimos la paz, la dicha y la prosperidad. Hasta que un día ellos partieron; nadie sabe bien por qué, prometiendo volver.
Después de su partida, nuevos pueblos llegaron desde el norte. Pueblos que no quisieron aceptar las premisas de Dioses que no conocieron y como ya no estaban ellos para detenerlos con su poder, fuimos atacados y mantuvimos largas y destructivas guerras que cambiaron otra vez nuestras vidas, llenándolas de desasosiego y tristeza.
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El hombre de espesa barba, que había escuchado el relato entrecruzando los dedos de sus manos en ella, preguntó:
- ¿ Y toda esa historia que has contado, esta ahí en esos trapos con dibujos ?.
- " Si señor " - respondió el anciano Indio - "Desde el origen de los tiempos".
- " Muy interesante ", de modo que hace muchos años que los Dioses se fueron. Murmuró.
- Si señor, hace mucho. Lo acompañó el Indio en un susurro.
- ¿ Y que relación tienes tu, con ese Ammón del que me cuentas ?
- Soy el último de sus descendientes, señor, mis hijos prefirieron ser guerreros a sacerdotes y ambos murieron.
- ¿ De modo que contigo se acabaría la sagrada historia de los Dioses, no es así anciano ?
- No señor, quedan los códices. Dijo el Indio señalando los dibujos que había expuesto.
El hombre salió de la tienda, parándose al sol para que su bruñida armadura reluciera. Trepó luego a su caballo al que hizo caracolear y relinchar logrando que los indígenas retrocedieran asustados; Entonces ordenó a uno de sus comandantes:
- ¡Alonso!, "que disparen todos los cañones de la capitana frente al pueblo"; ¡ Procurad acertarle a algún grupo de piedras!
Buscó entre sus hombres a uno vestido con un largo sayal y dijo:
-¡ Padre Francisco ! , se me pega a este viejo y me mantiene informado de todo lo que dice o hace. ¡Ah! y me le va enseñando algo sobre el Dios que representamos. Y encárguese personalmente de que todos esos trapos con dibujos vayan desapareciendo - son sacrílegos -
Y luego, tocando al anciano Indio con su espada prosiguió:
- Oye viejo, ve y dile a tu gente "Que los dioses han vuelto". ¡ Ah ! y agrega que esta vez, "Se quedarán mucho tiempo".
Esa noche, "Varios barcos ardieron en el Golfo de México".
Mientras tanto, la selva, entretejida entre los viejos templos, se preparaba a soportar la farsa
- Esta vez trágica - , guardando para siempre "Los secretos de América".


Ver:http://www.elarcadeple.com o www.pedrolapidoestran.com

Fire Fighter.






Comet 163
Spitfire

PEDRO LAPIDO ESTRAN
Fire Fighter
Cuento

Sobre las costas Atlánticas de Francia una madrugada del año 1944


Las aguas del Canal de la Mancha, quedaron detrás de la cola del avión. El motor ronroneaba suavemente y el "Spitfire" (1), se desplazaba por el aire adentrándose en el Continente. El cielo estaba límpido y el Sol en poco tiempo reflejaría su luz sobre la pintura del fuselaje. Hubiese sido un placer volar esa mañana sobre Francia, en otras circunstancias.
El Teniente Kay, de la Real Fuerza Aérea, hizo una seña a sus numerales inmediatos de derecha e izquierda; Había que trepar, ascendiendo lo más que pudieran sin perder de vista a los bombarderos que volaban más abajo. Era la única previsión que podía tomarse contra los nuevos aviones cohete Alemanes.
El "Messerschmitt 163" (2), un engendro gordo con apariencia de pescado, que los superaba en velocidad y que alcanzaba una altitud increíble para la época; por eso siempre atacaban desde arriba y si los encontraban a ellos en la misma línea de tiro que a los bombarderos, los resultados del ataque podían ser demoledores. A veces, atacaban primero los Messerschmitt 109 (3), que eran lo bastante eficientes como para que los Spitfires tuvieran que dedicarse de lleno a ellos y en medio del combate entre cazas, aparecían los 163 (de poca autonomía) concentrando su fuego sobre los bombarderos.
Kay Se preguntaba: ¿Es que estos Alemanes no dejarían nunca de inventar nuevos artilugios para mantener la guerra?
Primero fue la V1 (4) , después la V2 (5), ahora el 163 y ya se comentaba que los servicios de inteligencia habían detectado las pruebas de otro avión cohete, aparentemente bimotor. Pero, por el momento con el 163 era suficiente. De modo que volaban sin utilizar la radio y con los ojos recorriendo el cielo por arriba de ellos.
Así fueron pasando los minutos y con ellos, se alejaba la protección de los territorios costeros, ya ocupados por los Aliados. Ahora volaban sobre suelo Alemán y pronto se darían cuenta de eso.
Al rato, una multitud de explosiones, ocupó el espacio a su alrededor; eran las defensas antiaéreas de tierra, contra las cuales no había nada que hacer como no fuera desear que los artilleros tuvieran mala puntería. Algunos bombarderos fueron levemente tocados; Un Spitfire perdió un ala y se precipitó envuelto en llamas, luego; nuevamente el silencio.
De pronto, un sonido diferente ocupó el aire; era el silbido que anunciaba a los aviones cohete. Intentaron girar para esperarlos, pero fue en vano; descolgándose de las alturas, tres 163 pasaron entre ellos ametrallándolos y concentraron su fuego sobre los bombarderos. Resultado: tres cazas abatidos y tres bombarderos.
Kay lanzó su avión a toda velocidad detrás de uno de ellos, pero el piloto del avión cohete conocedor de su ventaja, trepó inmediatamente para desprenderse de él sin mayores molestias. Pronto llegaron al techo de altura máximo del Spitfire y Kay tuvo que nivelar para evitar que el aparato reviente.
En eso estaba, cuando algo inusitado sucedió: Junto a las puntas de sus alas, acompañando al avión, volaban dos luces rojas de encandilante fosforescencia. Eran dos bolas ígneas que mantenían una distancia constante.
Movió las alas y las bolas se movieron con ellas, hizo un tirabuzón y allí seguían; no afectaban al avión, solo permanecían. Al fin, decidió seguir volando hacia el mar, preguntándose que nuevo invento Alemán era éste y que función cumplía.
Atrás, el Comandante Ludwing Walker de la Fuerza Aérea Alemana, As de la guerra con más de 15O aviones enemigos abatidos; nivelaba a 8OOO metros su 163, seguro de haber perdido al Inglés que lo perseguía.
Apagó el motor cohete y se dispuso a planear hasta su Base iniciando el momento más riesgoso de la misión; descender sin propulsión siendo fácil blanco de los Aliados si estos lo descubrían en su trayectoria. El avión era una verdadera bomba volante, mientras quedara en sus tanques parte del peligroso combustible que consumía. Pero el prefería reservárselo y correr ese riesgo, antes que dejarse cazar como un pato por los Spitfires Ingleses o los Mustangs Americanos. Mientras, aguardaba ansioso la puesta en servicio de los nuevos Messerschmitt 262 Biturborreactores (6) , nueva maravilla de la ingeniería Aeronáutica Alemana, sin parangón por ahora entre las fuerzas aéreas aliadas. Lamentablemente - pensaba - tal vez estuvieran disponibles demasiado tarde.
En eso estaba, cuando dos esferas de encandilante luz roja aparecieron de repente y se situaron a ambos lados de la cabina. Los condicionados reflejos del As, reaccionaron inmediatamente. Escoró un ala, ante lo cual el avión descendió de golpe. Las luces, siguieron en el mismo lugar. Encendió el motor cohete y el 163 saltó hacia adelante. Se lanzó en picada e hizo un tirabuzón; Las luces permanecieron donde estaban. Apelando a su destreza, hizo un looping espectacular, aprovechando la última potencia de su motor cohete. Las luces, como molestas por su insistencia, se corrieron simultáneamente hacia el parabrisas, obligándolo a cubrirse parcialmente los ojos por su cegadora luminiscencia.
Ludwing, derrotado y ya sin combustible las dejó hacer, preocupándose sólo por dirigir el avión hasta su base.
Más tarde, el piloto Inglés descendía sobre la campiña de bretaña, preguntándose si lo que había visto era cierto o estaba sufriendo fatiga de combate. Cautelosamente interpeló a otros pilotos y así se enteró de que no era el primero en verlas, muchos de sus compañeros se habían cruzado en vuelo con las " luces inteligentes ", como las llamaban algunos o los Firefighter" (combatientes de fuego) como se inclinaban a llamarlas otros.
Más allá del Rhin, el As Alemán contemplando al 163 detenido en la pista, se preguntaba lo mismo, pero sin hacer comentarios.
En el cielo mientras tanto, las bolas de fuego, que no eran Aliadas ni eran Alemanas; aparecían y desaparecían vertiginosamente, observando el desatino de la guerra por disposición de una inteligencia y un poder no determinado por los hombres. ( !?)


1) Avión de caza Inglés de excelentes prestaciones durante la segunda guerra mundial.
2) Avión cohete Alemán de gran altura y mayor velocidad que los aviones aliados en servicio.
3) Avión de caza Alemán de similares prestaciones que el Spitfire Inglés.
4) Bomba volante parecida a un misil con alas, de gran efectividad, con la cual los alemanes
bombardearon Londres.
5) Cohete bomba Alemán. Primero de éxito en la historia.
6) Primer avión a reacción efectivo construido en el mundo. Llegó a operar con éxito contra la aviación
aliada, solo que era demasiado tarde para lograr cambiar el curso de la guerra.

Ver: www.iespana.es/arcablanca o /index.htm



Noche para recordar.


PEDRO LAPIDO ESTRAN
Noche para recordar

Cuento

Fray Luis Beltrán - Santa fe - Argentina


Transcurría el año 1962 en un pueblo distante a veinte kilómetros al Norte de Rosario. Trabajaba en el ferrocarril y tenía diecinueve años.
La lluvia se empeñaba en llegar hasta mi cuerpo, pese a la heroica protección del traje impermeable que vestía. Con mi mano derecha procuraba mantener las solapas del saco y las puntas del gorro bien ajustadas, para evitar que penetrara el agua que castigaba mi rostro empujada por el viento frío. Mi mano izquierda aferraba una cajita de fósforos en uno de los bolsillos, como si cuidara la mejor de las gemas.
Caminaba por el costado de una ruta, paralela a un terraplén ferroviario, con mis pesadas botas pegándose en el barro. No lo hacía sobre el pavimento, porque temía que los conductores no vieran mi figura, a través del torrente de agua que golpeaba y caía sobre sus parabrisas. Ni maldecir mi suerte podía, porque apenas abría la boca, ésta se me llenaba de agua. Tampoco quería caminar sobre el terraplén; no soportaba la tensión de andar casi un kilómetro sobre los rieles, en medio de la obscuridad. Las altas cañas que se elevan a ambos costados de la vía, le dan el aspecto de un túnel tenebroso, que el viento y la lluvia se encargan de animar, llenándolo de ruidos y movimientos intimidatorios.
De haber podido maldecir sin ahogarme, lo hubiese hecho en contra de los encargados de Vías y Obras a quienes parecía agradarles la decoración de las cañas ya que siempre las cortaban cuando estas ya no dejaban ver al tren. ¿ Y qué decir del responsable del Ferrocarril, al que se le ocurría clausurar esa mísera estación de pueblo, haciendo apagar las señales a las diez de la noche, para encenderlas otra vez a las cuatro de la mañana ? Me preguntaba quién sería el imbécil funcionario que había considerado razonable ahorrar el consumo de Kerosene de seis mechitas de cinco milímetros, durante seis horas, como factor de recuperación económica, dentro del deplorable sistema ferroviario al que servía. ¿ Habría tenido en cuenta ese individuo que el mismo ser humano que se utilizaría para lograr ese ridículo ahorro, sería el que, cansado y sobre todo hastiado por la ilógica rutina, debería atender, solo, la responsabilidad de un servicio del que a veces dependían miles de vidas ?
¡ No, seguro que no ! De ser así, no dejarían a ese mismo hombre encerrado en una precaria casilla, durante horas, vigilando un paso a nivel, sin comunicación telefónica ni aviso alguno sobre el horario variable de algunos trenes. Y ya quisiera verlo al señor Superintendente del Ferrocarril, atravesando los matorrales para subir y bajar de la señal del Norte, teniendo la sensación de que unas imaginarias manos se extienden hacia el, desde las sombras, intentando clavarle las uñas.
Cavilando, llegué hasta la distante señal del Sur, mientras la lluvia y el viento no cesaban de hostigar mi desolada figura. Desde la ruta vi la luz encendida en el farol y no pude contener una exclamación:
-¡Apágate, apágate ahora, cochina luz! Pero el viejo, noble y remaldito farol, siguió cumpliendo su cometido.
Me preparé para saltar la zanja que, llena de agua, se me ofrecía desafiante como un foso feudal. Si me caía, la corriente me arrastraría hasta la alcantarilla que estaba cincuenta metros más atrás y eso si no me ahogaba antes. Lavé mis botas en un charco y busqué una mata de pasto donde pisar. Lo peor que me podía ocurrir era que se me pegaran en el barro antes de saltar. Sujeté las solapas de mi abrigo, tomé aliento y ... tuve la suerte de que mis botas se hundieran casi hasta la mitad, en el barro de la otra orilla. Me aferré de las cañas y comencé a hacer fuerza para subir el terraplén. En dos metros patiné tres veces y dos de ellas caí de rodillas. Lentamente, me fui aproximando al alambrado que flanqueaba la vía, cuando al tomar la última caña, la última: ¡se cortó!. Bajé por el terraplén cara abajo, refregando mi boca en el barro. Entré en la zanja casi hasta el pecho y el agua se empeño en llevarme con ella.
Las botas me salvaron; llenas de lodo, me sirvieron de lastre, logrando entonces mantenerme derecho el tiempo suficiente para manotear otra caña. Me desprendí de las botas, dejándolas en el fondo y trepé enfurecido por el borde de la zanja y del terraplén, clavando mis dedos en el barro y arrastrándome sobre él.
Cuando llegué arriba, mi estado era lastimoso; mojado hasta la ropa interior, descalzo, lleno de barro, tiritando de frío y con la cara lastimada.
Como todavía tenía que apagar la señal, busqué en un bolsillo la linterna que traía, pero fue en vano:¡Ya no estaba!
Avancé en la obscuridad hacia la fría escalera de hierro, apartando las cañas y entonces fue cuando lo vi...: Era un anciano de cabellos y barba blanca, algo desdibujado entre las sombras y la luz de los relámpagos. Aparecía delante mío a cada fulgor, parado entre las cañas, envuelto en un abrigo oscuro que chorreaba agua.
Debí haberme paralizado por el miedo o echar a correr despavorido, pero inexplicablemente, pude controlar el tambor de mi pecho y dije balbuceante:
- ¡Fea noche, abuelo! ¿No?. Logrando infundirle un grave matiz a mi voz, tratando de parecer un hombre acostumbrado a circunstancias como esas.
- Solo quien ha sufrido noches malas, podrá gozar las buenas en todo su valor, muchacho. Me contestó.
Si, si claro, pensé, ¡que joda ! ; Pero su voz trasmitía una dignidad y una seguridad que no me permitió archivar su frase como la manifestación de un delirante.
La luz de un relámpago me permitió observar unos ojos muy claros y evaluar su altura. Era un hombre delgado y muy alto, que se interponía en mi avance hacia la escalera. Balbucí otras palabras:
- Quisiera, quisiera subir a la señal, señor.
- Ya se apagó, muchacho. Respondió.
Miré hacia arriba: El rojo fanal ya no brillaba. Ahogué una maldición, que se desvaneció en un murmullo.
Cansado, enojado, confundido; dirigí mi atención hacia el anciano, preguntándome qué hacía, parado entre las cañas, en plena obscuridad y bajo semejante tormenta. Habitualmente los vagabundos buscaban refugio en los vagones o galpones cerca de la estación. Además, éste no se mostraba enfermo ni desequilibrado; no pude con mi curiosidad y se lo pregunté.
- Espero - contestó - Debo esperar aquí y así lo hago .
Linda forma de responder sin decir nada - pensé - pero no insistí, solo me quedé pensando en que no me resultaba agradable la idea de regresar a la estación caminando sobre las vías, solo y descalzo. No olvidaba a las Yararáes que solían viajar desde el Norte en los vagones de quebracho y que frecuentemente habitaban las vías donde uno menos se lo esperaba y tampoco tenía ganas de bajar ese maldito terraplén otra vez. Entonces dije:
- Pero usted se enfermará si no busca un reparo; lo invito a tomar una taza de mate caliente en mi casilla.
- No muchacho, no; deberás regresar solo, yo tengo aquí mi refugio.
Aún intentaba manejar mi vergüenza cuando el dijo:
- Ven a sentarte conmigo, voy a decirte algo que te ayudará a recorrer el largo y duro camino que será tu vida.
No tuve miedo; aún hoy, mas de treinta años después, sigo sin poder explicármelo. Luego, me dio la espalda y se introdujo entre las cañas. Lo seguí con la misma naturalidad con que se sigue a un amigo, cuando nos invita a entrar a su casa.
Hicimos unos metros apartando cañas, hasta llegar a un claro en donde ardía un pequeño pero agresivo fuego que iluminaba brevemente el lugar. De hecho allí no llovía; miré hacia arriba pretendiendo descubrir que servía de techo, pero sólo vi las cañas entrecruzándose en la obscuridad.
- Siéntate. Solicitó el hombre, señalando unos troncos colocados en el suelo en forma de herradura a partir de la entrada. Acomodé mi cuerpo en uno de ellos y la ropa mojada debajo del traje de agua me provocó un escalofrío. El extendió una de sus manos ofreciéndome una pequeña esfera que irradiaba cierta luminiscencia.
- Toma - dijo - disuelve esto en tu boca; te ayudará.
Dudé un instante antes de tomar lo que me daba, pero el insistió:
- ¡ Es solo un caramelo !
Lo introduje en mi boca, notándolo insípido. Luego, al tragar por primera vez su esencia, un intenso calor se produjo en mi estómago, reconfortando todo mi cuerpo.
Observé el sitio; era un círculo de no más de dos metros de diámetro, totalmente seco, tibio y libre de humo.
( Unos años después intenté reproducir ese ambiente en otro lugar, acompañado por dos amigos. En uno de esos largos temporales de invierno que duraban muchos días con lluvias intermitentes. Preparamos un espacio entre unas cañas, pusimos un nylon negro como techo atado sobre ellas, rodeamos el círculo con trozos de fibrocemento y encendimos el fuego mucho antes de que lloviera. Cuando llegó la lluvia, nos mojamos todos, se apagó el fuego y los tres tiritábamos de frío, sumergidos en un humo asfixiante. )
Mi cuerpo se recuperaba con el calor cuando el anciano fijó sus ojos en los míos. Yo observaba el aparente incremento de su brillo, cuando el dijo:
- Eres portador de un espíritu cuya condición de luz debe adecuarse a tu materia. Debes tratar de evitar que las fuerzas de la obscuridad te impidan encontrarte con él. Cada uno de los hombres y mujeres del mundo nacen condicionados por una cantidad de elementos difíciles de explicar en breve tiempo y aún más difíciles de comprender para tu intelecto de hoy. Solo puedo decirte que para ti habrá únicamente un camino; a veces rudo, siempre áspero, muchas veces triste y también tenso. Te serán esquivas la felicidad y el éxito, para las cuales vivirás preparándote y solo las conseguirás juntas, tal vez cuando ya no te importen demasiado. El amor, tal vez sea en tu vida solo una abstracción y las fuerzas de la obscuridad estarán permanentemente a tu lado hostigándote, dificultando tu camino, tanto, que en un momento dado hasta la muerte estará entre ellas. Esto no será casual sino una acción premeditada para detener el impulso de tu espíritu. Tu premisa será resistir, resistir, resistir siempre, si lo consigues, un día hasta tu mismo te asombrarás de tus logros sino, será como si no hubieras existido nunca.
Se interrumpió y sonrió, seguramente motivado por la cara de asombrado estúpido conque yo lo estaba mirando. ¿Que me estaba diciendo este hombre?. Yo era hijo de un obrero ferroviario que no había pasado de segundo grado y de una ama de casa con muy pocos grados mas. No había completado mas que la escuela primaria y desde hacía un año trabajaba como obrero en ese estúpido ferrocarril, sin mayores esperanzas de abandonarlo nunca. No era artista ni deportista ni político. ( O al menos yo no lo sabía ) ¿ Por que camino podría llegar al éxito ?.
El, ignorando mi desconcierto, siguió hablando:
- Durante tus años de vida podrás observar, escuchar y obedecer a muchos maestros. Algunos serán brillantes, otros inteligentes y otros mediocres; pero habrá un maestro que siempre estará contigo y que nunca se equivocará, porque sus conocimientos poseen una experiencia de siglos. Es un maestro sin limitación de espacio ni de tiempo. Está "dentro de ti" y te enseñará a hacer "lo que debes" y no "lo que te conviene". Te parecerá raro y hasta estúpido, a veces será duro, pero pronto aprenderás que es bueno. "Obedece a la voz de tu conciencia".
- ¿ Has escuchado ? Concluyó.
- Sí - le respondí - Mientras un intenso calor se iba apoderando de todo mi cuerpo. Lo reacomodé adentro de mi ropa mojada y el prosiguió:
- Al conocimiento se llega, planteándose preguntas hasta encontrar respuestas. Estas respuestas deben ser lógicas pero siempre variables. Nada en el saber es "definitivo" e intemporal. El conocimiento es un ente vivo, que nace, crece, se modifica y muere. Nace con la curiosidad, crece con la investigación, se modifica con la duda y muere con la mediocridad.
Yo no comprendía muy bien el significado de sus palabras pero por alguna razón desconocida aún para mi, me esforzaba por retenerlas. ( Años después, cuando mis archivos intelectuales, alimentados desordenada y compulsivamente hasta el cansancio, me permitieron evaluar sus palabras; supe que había recibido una lección privada de un maestro que no muchos han tenido la oportunidad de encontrar y que esa lección había condicionado mi vida definitivamente )
Mientras tanto, parecía que mi ropa se secaba rápidamente; acerqué más al fuego mis pies, cubiertos únicamente por mis medias mojadas. Me desplacé un poco a la izquierda, sobre el tronco y seguí escuchándolo.
- Los conocimientos más importantes que puedas adquirir serán los atinentes a ti mismo. Debes llegar a saber con precisión, cuan duro y blando eres, cuan elástico y rígido, cuan fuerte y débil.
Tu peor error, puede ser una mala evaluación de ti mismo; por lo tanto, "aprende de ti", todos y cada uno de tus días. Conocerás el amor y éste te confundirá, porque el hombre aún no posee un claro concepto de él; vívelo como un acto de dar y de servir, sin pedir nada a cambio, Amarás a una mujer, un perro, un hijo o una flor, con un mismo sentimiento canalizado de distinta manera, o no conocerás el amor.
Por un momento sentí una leve sensación de sopor, que desapareció rápidamente, mientras que el anciano continuaba hablando como si tuviera prisa.
- Los hombres - prosiguió -, pasan sus vidas buscando la felicidad y pocas veces la encuentran, por supuesto; pero hay un camino: Concéntrate en las pequeñas cosas. Porque la felicidad reside en la suma de un montón de pequeños instantes. ¡Búscalos y encontrarás la plenitud que será para ti mucho más importante!
Otra ves apareció el sopor, mientras el hombre apuraba sus palabras y el calor creciente de mi estómago se apoderaba de todo mi cuerpo.
-Todo hombre tiene defectos y virtudes; a los primeros, reconócelos y combátelos a las segundas, no las menciones:¡Úsalas!
Un hombre nunca es su escaparate, siempre es su trastienda y la ínfima partícula de energía que lo anima es parte de la suprema energía del Universo. Entonces, ¡ Toma respeto de los cielos !
Sus últimas palabras llegaron como un susurro a mis oídos. Hice un esfuerzo por dominar la somnolencia que me invadía, pero esta vez no pude conseguirlo...
Desperté gradualmente... o despertó mi mente, porque descubrí que mi cuerpo estaba en actividad. Caminaba sobre la vía, en medio de la obscuridad y ya bastante afuera del túnel de cañas. ¿Me había animado a caminar por él con los pies descalzos? Pero no. ¡Mis pies no se hallaban descalzos!
Metí instintivamente la mano en el bolsillo, en busca de mi linterna. Cuando mis dedos la tocaron, mi inmediato pasado desfiló por mi mente en un inaferrable delirio de imágenes: La lluvia, la zanja, el barro, el anciano y yo; que estaba seco, calzado con mis botas, caliente y abrigado. Mi corazón aceleró su ritmo y mis pies lo siguieron.
Cuando llegué a la estación, el auxiliar de turno se alegró de que hubiera apagado las señales tan rápido (!?). No habría trenes hasta después de la salida del Sol, de modo que no deberían prenderse nuevamente. Se despidió y se fue. Quedé solo en mi precaria casilla, atento a los heterogéneos sonidos del viento. Me acosté en un banco y allí me di cuenta de que mi cuerpo temblaba rítmica e imperceptiblemente. Cerré los ojos y me dormí, tal vez para defenderme de mis propios pensamientos.
Desperté con los rayos del Sol calentándome la cara. Salí de la casilla rumbo a una canilla con intención de lavarme. Miré hacia el Sur y una exclamación explotó en mi boca:
-¡ Pero no: "Remalditos sean" !.
Una hilera de zorras de vías me indicó la ubicación de los hombres que obraban cortando las cañas, tal cual lo veníamos solicitando desde hacía meses. Corrí el kilómetro que me separaba de ellos, en un tiempo récord. Todas las cañas en un radio de treinta metros desde la señal, ya habían sido cortadas. Ni cueva, ni fuego, ni troncos. ¡ Nada !
Miré hacia la pendiente del talud, por donde había trepado. Allí aún estaban las cañas y en medio de ellas, las marcas inconfundibles de alguien que había subido o bajado arrastrándose. Varios gajos de cañas rotas se ofrecían amenazantes por su filo, uno de ellos había cortado mi mejilla la noche anterior.
Acaricié mi cara de bebote grande para descubrir que ese corte ya no estaba. Dirigí mis ojos hacia arriba, para "tomar respeto de los cielos" y allí comprendí que ya no volvería a ser el mismo. Que algo había cambiado adentro mío "definitivamente", después de escuchar a ese anciano que yo sé que escuché, en una noche extraña que yo sé que viví y que sería en adelante solo una NOCHE PARA RECORDAR, porque nunca tal vez encontraría la forma de contársela a nadie.


Ver: www.iespana.es/arcablanca o /index.htm

La Vieja Guardia.



Pedro Lapido Estran
La Vieja Guardia
Cuento

Bélgica, batalla de Waterloo, entre Francia y la Fuerzas Aliadas


La columna de soldados franceses avanzaba con dificultad por el camino. Habían partido de la Factoría de Rossommé; desde atrás los observaba su querido Emperador. Iban hacia el Castillo de Hougoumont, donde se había combatido todo el día intentando desalojar del patio a los Ingleses de Coocke y a los Belgas de la división Perponcher. Allí, habían quedado Bauduin, Legrós y veinte de los cuarenta batallones de Reille. Los dos primeros fracasaron y el costo para el tercero era demasiado alto para cualquier militar por un objetivo tan simple; demasiado llanto para las madres de francia.
Pero ellos no llegarían hasta el castillo, sino que girarían un poco para reforzar a Reille que ahora tampoco lograba avanzar frente a los Ingleses de Hill.
"Reille, Reille, cuantos muertos cabalgarán desde hoy detrás de ti", parecían cantar las botas chapoteando en los charcos del pegajoso barro. Pero a decir verdad, no era solo un problema de él; a la derecha Lobau era acosado por los Prusianos de Bulow, Zieten avanzaba por Papelotte y Pirch, intentaba cerrar la pinza sobre Plancenoit.
Por eso Bonaparte había decidido que actuara la Vieja Guardia; si ellos lograban quebrar la resistencia de los Ingleses en Mont Saint Jean, podrían cambiar el curso de la batalla. El Emperador giraría el frente sobre Hougoumont y podría contener y hasta vencer a esos malditos Prusianos. Ya lo había hecho en Jena, en 1806. ¿ Por qué no podría repetirlo ahora ?
El Sargento Maximilian Le Blanc, a quien sus hombres identificaban con el mote de "Robespierre", conjeturaba mientras incitaba a avanzar a sus hombres. Ese había sido un día trágico para Francia. Primero la lluvia, que demoró el inicio de la batalla hasta las 11,35 de la mañana. Luego, un extraño error del General Ney, que agrupa a su caballería en lugar de escalonarla, frente a la metralla Inglesa. Después, ese camino tallado en la cresta de Mont Saint Jean; una zanja que el guía Lacoste le niega pérfidamente a Napoleón - quien la intuía - y en donde se aplastaron unos con otros los magníficos Coraceros de Milhaud. Ahora, se utilizaba la reserva de la tropa selecta en la que el servía con orgullo, porque el Mariscal Soult y sus refuerzos " ya habían tardado demasiado".
El aire de la campiña de Waterloo, olía a traición para el viejo Sargento. Napoleón era un General superior a ese atildado Duque de Wellington. Pero ¡ Que suerte tenía el Inglés !, ese día, hasta el tiempo lo había ayudado.
Todas las facciones en pugna estaban agotadas. Llevaban horas de combate y a causa de "las desgracias" enumeradas, una batalla que Bonaparte ya hubiera ganado; estaba en tablas. Tan parejos estaban, que la definición tal vez dependería de los primeros refuerzos que llegaran. Blucher, el viejo guerrero Prusiano, seguramente vendría a marcha forzada y si lograba llegar a tiempo, degollaría personalmente a cada uno de sus hombres que viera retroceder en la batalla.( por eso cada uno de ellos rogaba que no llegara )
Un grupo de jinetes pasó al lado de la columna. Uno era el General Etienne, Vizconde de Cambronné; el hombre que mandaba a la Vieja Guardia. Todos sabían de su lealtad al Emperador y lo identificaban fácilmente por sus constantes andanadas de malas palabras; Ahora, iba insultando a la lluvia, al barro y al caballo que hacía su mejor esfuerzo por avanzar con sus patas enterradas en el fango.
Del mismo modo avanzaban ellos, pero sólo insultaban a Soult, ese dudoso Mariscal que estaba traicionando al Emperador y probablemente enviándolos a ellos a la muerte. Le blanc, apuraba a sus hombres intercambiando bromas e insultos, mientras observaba uno a uno los rostros que iban pasando. Viejos amigos todos; algunos lo acompañaban desde el 1800 en Marengo. Con otros, habían derrotado juntos a los Prusianos en Auerstadt en 1806 y a los Rusos en Friedland en 1807. Juntos habían sufrido la derrota de Leipzig en l813 y luego disfrutado el regreso del gran Corso a su querida Francia. Cierto es que faltaban algunos rostros, caídos en las batallas, pero ese era el precio que había que pagar por ser soldado y mas por pertenecer a la tropa selecta de su Majestad.
Pronto llegaron a la línea del frente adonde Reille, mas que acosar, sufría a los Ingleses. Cambronné los arengó diciendo:
- "Soldados Imperiales, el destino de Francia; el futuro de la Revolución y hasta la vida del Emperador, está en vuestras manos"---
Le Blanc no sabía, ni le interesaba averiguar si eso era tan así; sólo le importaba la última frase; la que decía que la vida del hombre por el cual había pasado de una existencia gris en los arrabales de París, a ser aplaudido por todas las ciudades de Europa; "dependía de el" en ese momento.
Cuando llegó la orden de ataque, supo que sus compañeros sentían como el. Fueron un huracán de disparos, de bayonetas, de sables; Los Ingleses cedían al fin ante su empuje. Le blanc observaba los rostros de sus amigos y los descubría sonriendo, entre ese vendaval de acero y sangre donde se jugaban la vida. Es que todos sabían lo bien que aprovecharía ese esfuerzo Bonaparte.
Ya veían a su caballo blanco corriendo hacia Hougoumont. En minutos mas; el gran Corso movería las piezas que le permitirían dar jaque mate a los Aliados. Y eso, lo habrían conseguido ellos; la Guardia selecta del Emperador. Si hasta ya paladeaban el placer del relato, en brazos de las bellas mujeres de Francia.
Los hombres de Wellington ascendían una loma retrocediendo. Un esfuerzo más y al comenzar el descenso del otro lado, serían definitivamente avasallados.
De pronto algo sucede a su derecha: El Sargento mira sorprendido el movimiento desordenado de sus experimentados hombres; hasta descubrir que se están defendiendo desesperadamente de "la Caballería Prusiana". Siente un tremendo orgullo, sólo su "Vieja Guardia" se mantiene de pié sin desbandarse frente a una carga de caballería como esa.
Es Blucher, ese viejo maldito, ha llegado justo a tiempo. Es imposible pararlos. Cambronné, ¿Donde está Cambronné ? ¿ Acaso el también...?; El minuto de desconcierto casi le cuesta la vida; El sablazo de un jinete Prusiano estuvo a punto de llevársela en su rumbo hacia el grueso de la tropas de Reille pasando por la brecha abierta entre ellos.
Los Ingleses reaccionan ante la intervención Prusiana y ahora son ellos los que empujan hacia abajo.
"Soult, maldito seas Soult", ¿ Cómo pudo llegar antes Blucher ?.
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....Poco tiempo después, Arthur Colley Wellesley, Duque de Wellington, enfoca su prismático sobre la colina.
- ¿ Que diablos pasa allá arriba ? - Pregunta viendo que Blucher empuja y destroza a los Franceses por el valle y en cambio sus tropas permanecen amontonadas en la cima.
- Es la Vieja Guardia, señor - le contestan - Un batallón resiste todavía.
Wellesley, azuza su caballo hasta llegar arriba y ser flanqueado por Colville y Maitland. Da orden de detener el combate y mira:
Un manojo de hombres ensangrentados se mantiene espada en mano y lo desafía. El Duque es un hombre objetivo. Esos soldados son héroes, todos y cada uno, pero no pueden demorarle la ofensiva. Al paso lento, casi delicado de su caballo, avanza esquivando los cuerpos caídos, hasta estar frente a ellos y grita: El atildado Duque por primera vez en esa batalla, grita:
- ¡ Soldados Imperiales de Francia, habéis combatido como héroes y así seréis tratados. Pero no tiene sentido continuar esta matanza; Os ruego rindáis vuestras armas, no os queda alternativa.
El Sargento Leblanc, mira a sus hombres, analiza sus rostros, piensa en Soult, en Ney, en Cambronné. ¡Nó!, a su amado Emperador, ellos no le fallarían. Ni siquiera se detiene a considerar si queda algún oficial entre ellos todavía:
- ¡ La Vieja Guardia no se rinde; Muere de pié !
Los brazos ensangrentados de sus hombres levantan sus sables. Se produce entonces un largo silencio de estupefacción y en medio de ese silencio se escucha la voz de Cambronné diciendo:
- "Merd" -
Le blanc sonríe, Wellington observa: El hombre que le ha respondido - apenas un Sargento - tiene el brazo izquierdo casi colgando, debido seguramente a un tremendo golpe de sable de algún jinete Prusiano. Y el oficial que confirmó esa decisión, no podía haber elegido más clara palabra. Da órdenes y mientras tanto se pregunta: ¿ qué clase de Angel o Demonio tiene enfrente, capaz de suscitar una adhesión semejante ? Sus tropas se abren hacia los costados y un grupo de cañones quedan en posición. Los hombres de la Vieja Guardia saben que es el fin. Se abrazan, ninguno pronuncia una palabra, ninguno baja su sable.
Colville o tal vez Wellesley mismo da la orden de fuego; su ejército debe seguir adelante. Esa será su entrada triunfal a la historia.
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.... Dos horas mas tarde, todo ha terminado en Waterloo; Por el camino de Le Caillou, se retira un jinete que va siendo rodeado por otros ensangrentados y sudorosos. El hombre, de mirada neurótica y perdida va escuchando los partes de sus oficiales, que no pide; sólo se interesa por un tema: ¿ Qué saben de su Vieja Guardia ? ¡ Nada ! , la Vieja Guardia ya no existe.
- ¡ Al menos ellos no ! Repite Napoleón Bonaparte.
Sobre la cresta de Mont Saint Jean, los cuerpos desmembrados de los hombres de la Guardia Imperial, han retenido para si su gloria. El rostro del Sargento Le Blanc, aún sonríe y su mano derecha semi enterrada en el fango, mantiene aferrado fuertemente su sable, mientras sus palabras se inscriben lentamente en la historia o la leyenda.
Las aves de rapiña sobrevuelan el campo, prestas a aprovechar el desatino de los hombres.
El Duque de Wellington bebe con sus eufóricos oficiales y aliados. Acaban de ganar una batalla que cambiará el mapa de Europa. Pero él no comparte la euforia; en su interior piensa que no ha ganado nada. El destino le ha dado la gloria, pero está convencido que muchas de sus decisiones de ese día han sido desgraciadas. Abandona la copa con la que ha brindado por el triunfo en Waterloo. Su vino; sabe amargo. ( Nunca más dirigirá una batalla, aunque él aún no lo sabe )
Mientras, el Gran Corso, viaja camino a un exilio y a una muerte sin gloria (y tampoco lo sabe) y su estrella - la estrella de Napoleón, la que lo abandonara ese día - lentamente se apaga, como momentos antes se apagaran los latidos de su VIEJA GUARDIA.
Ver: www.iespana.es/arcablanca o /index.htm