miércoles, 22 de julio de 2009

Noche para recordar.


PEDRO LAPIDO ESTRAN
Noche para recordar

Cuento

Fray Luis Beltrán - Santa fe - Argentina


Transcurría el año 1962 en un pueblo distante a veinte kilómetros al Norte de Rosario. Trabajaba en el ferrocarril y tenía diecinueve años.
La lluvia se empeñaba en llegar hasta mi cuerpo, pese a la heroica protección del traje impermeable que vestía. Con mi mano derecha procuraba mantener las solapas del saco y las puntas del gorro bien ajustadas, para evitar que penetrara el agua que castigaba mi rostro empujada por el viento frío. Mi mano izquierda aferraba una cajita de fósforos en uno de los bolsillos, como si cuidara la mejor de las gemas.
Caminaba por el costado de una ruta, paralela a un terraplén ferroviario, con mis pesadas botas pegándose en el barro. No lo hacía sobre el pavimento, porque temía que los conductores no vieran mi figura, a través del torrente de agua que golpeaba y caía sobre sus parabrisas. Ni maldecir mi suerte podía, porque apenas abría la boca, ésta se me llenaba de agua. Tampoco quería caminar sobre el terraplén; no soportaba la tensión de andar casi un kilómetro sobre los rieles, en medio de la obscuridad. Las altas cañas que se elevan a ambos costados de la vía, le dan el aspecto de un túnel tenebroso, que el viento y la lluvia se encargan de animar, llenándolo de ruidos y movimientos intimidatorios.
De haber podido maldecir sin ahogarme, lo hubiese hecho en contra de los encargados de Vías y Obras a quienes parecía agradarles la decoración de las cañas ya que siempre las cortaban cuando estas ya no dejaban ver al tren. ¿ Y qué decir del responsable del Ferrocarril, al que se le ocurría clausurar esa mísera estación de pueblo, haciendo apagar las señales a las diez de la noche, para encenderlas otra vez a las cuatro de la mañana ? Me preguntaba quién sería el imbécil funcionario que había considerado razonable ahorrar el consumo de Kerosene de seis mechitas de cinco milímetros, durante seis horas, como factor de recuperación económica, dentro del deplorable sistema ferroviario al que servía. ¿ Habría tenido en cuenta ese individuo que el mismo ser humano que se utilizaría para lograr ese ridículo ahorro, sería el que, cansado y sobre todo hastiado por la ilógica rutina, debería atender, solo, la responsabilidad de un servicio del que a veces dependían miles de vidas ?
¡ No, seguro que no ! De ser así, no dejarían a ese mismo hombre encerrado en una precaria casilla, durante horas, vigilando un paso a nivel, sin comunicación telefónica ni aviso alguno sobre el horario variable de algunos trenes. Y ya quisiera verlo al señor Superintendente del Ferrocarril, atravesando los matorrales para subir y bajar de la señal del Norte, teniendo la sensación de que unas imaginarias manos se extienden hacia el, desde las sombras, intentando clavarle las uñas.
Cavilando, llegué hasta la distante señal del Sur, mientras la lluvia y el viento no cesaban de hostigar mi desolada figura. Desde la ruta vi la luz encendida en el farol y no pude contener una exclamación:
-¡Apágate, apágate ahora, cochina luz! Pero el viejo, noble y remaldito farol, siguió cumpliendo su cometido.
Me preparé para saltar la zanja que, llena de agua, se me ofrecía desafiante como un foso feudal. Si me caía, la corriente me arrastraría hasta la alcantarilla que estaba cincuenta metros más atrás y eso si no me ahogaba antes. Lavé mis botas en un charco y busqué una mata de pasto donde pisar. Lo peor que me podía ocurrir era que se me pegaran en el barro antes de saltar. Sujeté las solapas de mi abrigo, tomé aliento y ... tuve la suerte de que mis botas se hundieran casi hasta la mitad, en el barro de la otra orilla. Me aferré de las cañas y comencé a hacer fuerza para subir el terraplén. En dos metros patiné tres veces y dos de ellas caí de rodillas. Lentamente, me fui aproximando al alambrado que flanqueaba la vía, cuando al tomar la última caña, la última: ¡se cortó!. Bajé por el terraplén cara abajo, refregando mi boca en el barro. Entré en la zanja casi hasta el pecho y el agua se empeño en llevarme con ella.
Las botas me salvaron; llenas de lodo, me sirvieron de lastre, logrando entonces mantenerme derecho el tiempo suficiente para manotear otra caña. Me desprendí de las botas, dejándolas en el fondo y trepé enfurecido por el borde de la zanja y del terraplén, clavando mis dedos en el barro y arrastrándome sobre él.
Cuando llegué arriba, mi estado era lastimoso; mojado hasta la ropa interior, descalzo, lleno de barro, tiritando de frío y con la cara lastimada.
Como todavía tenía que apagar la señal, busqué en un bolsillo la linterna que traía, pero fue en vano:¡Ya no estaba!
Avancé en la obscuridad hacia la fría escalera de hierro, apartando las cañas y entonces fue cuando lo vi...: Era un anciano de cabellos y barba blanca, algo desdibujado entre las sombras y la luz de los relámpagos. Aparecía delante mío a cada fulgor, parado entre las cañas, envuelto en un abrigo oscuro que chorreaba agua.
Debí haberme paralizado por el miedo o echar a correr despavorido, pero inexplicablemente, pude controlar el tambor de mi pecho y dije balbuceante:
- ¡Fea noche, abuelo! ¿No?. Logrando infundirle un grave matiz a mi voz, tratando de parecer un hombre acostumbrado a circunstancias como esas.
- Solo quien ha sufrido noches malas, podrá gozar las buenas en todo su valor, muchacho. Me contestó.
Si, si claro, pensé, ¡que joda ! ; Pero su voz trasmitía una dignidad y una seguridad que no me permitió archivar su frase como la manifestación de un delirante.
La luz de un relámpago me permitió observar unos ojos muy claros y evaluar su altura. Era un hombre delgado y muy alto, que se interponía en mi avance hacia la escalera. Balbucí otras palabras:
- Quisiera, quisiera subir a la señal, señor.
- Ya se apagó, muchacho. Respondió.
Miré hacia arriba: El rojo fanal ya no brillaba. Ahogué una maldición, que se desvaneció en un murmullo.
Cansado, enojado, confundido; dirigí mi atención hacia el anciano, preguntándome qué hacía, parado entre las cañas, en plena obscuridad y bajo semejante tormenta. Habitualmente los vagabundos buscaban refugio en los vagones o galpones cerca de la estación. Además, éste no se mostraba enfermo ni desequilibrado; no pude con mi curiosidad y se lo pregunté.
- Espero - contestó - Debo esperar aquí y así lo hago .
Linda forma de responder sin decir nada - pensé - pero no insistí, solo me quedé pensando en que no me resultaba agradable la idea de regresar a la estación caminando sobre las vías, solo y descalzo. No olvidaba a las Yararáes que solían viajar desde el Norte en los vagones de quebracho y que frecuentemente habitaban las vías donde uno menos se lo esperaba y tampoco tenía ganas de bajar ese maldito terraplén otra vez. Entonces dije:
- Pero usted se enfermará si no busca un reparo; lo invito a tomar una taza de mate caliente en mi casilla.
- No muchacho, no; deberás regresar solo, yo tengo aquí mi refugio.
Aún intentaba manejar mi vergüenza cuando el dijo:
- Ven a sentarte conmigo, voy a decirte algo que te ayudará a recorrer el largo y duro camino que será tu vida.
No tuve miedo; aún hoy, mas de treinta años después, sigo sin poder explicármelo. Luego, me dio la espalda y se introdujo entre las cañas. Lo seguí con la misma naturalidad con que se sigue a un amigo, cuando nos invita a entrar a su casa.
Hicimos unos metros apartando cañas, hasta llegar a un claro en donde ardía un pequeño pero agresivo fuego que iluminaba brevemente el lugar. De hecho allí no llovía; miré hacia arriba pretendiendo descubrir que servía de techo, pero sólo vi las cañas entrecruzándose en la obscuridad.
- Siéntate. Solicitó el hombre, señalando unos troncos colocados en el suelo en forma de herradura a partir de la entrada. Acomodé mi cuerpo en uno de ellos y la ropa mojada debajo del traje de agua me provocó un escalofrío. El extendió una de sus manos ofreciéndome una pequeña esfera que irradiaba cierta luminiscencia.
- Toma - dijo - disuelve esto en tu boca; te ayudará.
Dudé un instante antes de tomar lo que me daba, pero el insistió:
- ¡ Es solo un caramelo !
Lo introduje en mi boca, notándolo insípido. Luego, al tragar por primera vez su esencia, un intenso calor se produjo en mi estómago, reconfortando todo mi cuerpo.
Observé el sitio; era un círculo de no más de dos metros de diámetro, totalmente seco, tibio y libre de humo.
( Unos años después intenté reproducir ese ambiente en otro lugar, acompañado por dos amigos. En uno de esos largos temporales de invierno que duraban muchos días con lluvias intermitentes. Preparamos un espacio entre unas cañas, pusimos un nylon negro como techo atado sobre ellas, rodeamos el círculo con trozos de fibrocemento y encendimos el fuego mucho antes de que lloviera. Cuando llegó la lluvia, nos mojamos todos, se apagó el fuego y los tres tiritábamos de frío, sumergidos en un humo asfixiante. )
Mi cuerpo se recuperaba con el calor cuando el anciano fijó sus ojos en los míos. Yo observaba el aparente incremento de su brillo, cuando el dijo:
- Eres portador de un espíritu cuya condición de luz debe adecuarse a tu materia. Debes tratar de evitar que las fuerzas de la obscuridad te impidan encontrarte con él. Cada uno de los hombres y mujeres del mundo nacen condicionados por una cantidad de elementos difíciles de explicar en breve tiempo y aún más difíciles de comprender para tu intelecto de hoy. Solo puedo decirte que para ti habrá únicamente un camino; a veces rudo, siempre áspero, muchas veces triste y también tenso. Te serán esquivas la felicidad y el éxito, para las cuales vivirás preparándote y solo las conseguirás juntas, tal vez cuando ya no te importen demasiado. El amor, tal vez sea en tu vida solo una abstracción y las fuerzas de la obscuridad estarán permanentemente a tu lado hostigándote, dificultando tu camino, tanto, que en un momento dado hasta la muerte estará entre ellas. Esto no será casual sino una acción premeditada para detener el impulso de tu espíritu. Tu premisa será resistir, resistir, resistir siempre, si lo consigues, un día hasta tu mismo te asombrarás de tus logros sino, será como si no hubieras existido nunca.
Se interrumpió y sonrió, seguramente motivado por la cara de asombrado estúpido conque yo lo estaba mirando. ¿Que me estaba diciendo este hombre?. Yo era hijo de un obrero ferroviario que no había pasado de segundo grado y de una ama de casa con muy pocos grados mas. No había completado mas que la escuela primaria y desde hacía un año trabajaba como obrero en ese estúpido ferrocarril, sin mayores esperanzas de abandonarlo nunca. No era artista ni deportista ni político. ( O al menos yo no lo sabía ) ¿ Por que camino podría llegar al éxito ?.
El, ignorando mi desconcierto, siguió hablando:
- Durante tus años de vida podrás observar, escuchar y obedecer a muchos maestros. Algunos serán brillantes, otros inteligentes y otros mediocres; pero habrá un maestro que siempre estará contigo y que nunca se equivocará, porque sus conocimientos poseen una experiencia de siglos. Es un maestro sin limitación de espacio ni de tiempo. Está "dentro de ti" y te enseñará a hacer "lo que debes" y no "lo que te conviene". Te parecerá raro y hasta estúpido, a veces será duro, pero pronto aprenderás que es bueno. "Obedece a la voz de tu conciencia".
- ¿ Has escuchado ? Concluyó.
- Sí - le respondí - Mientras un intenso calor se iba apoderando de todo mi cuerpo. Lo reacomodé adentro de mi ropa mojada y el prosiguió:
- Al conocimiento se llega, planteándose preguntas hasta encontrar respuestas. Estas respuestas deben ser lógicas pero siempre variables. Nada en el saber es "definitivo" e intemporal. El conocimiento es un ente vivo, que nace, crece, se modifica y muere. Nace con la curiosidad, crece con la investigación, se modifica con la duda y muere con la mediocridad.
Yo no comprendía muy bien el significado de sus palabras pero por alguna razón desconocida aún para mi, me esforzaba por retenerlas. ( Años después, cuando mis archivos intelectuales, alimentados desordenada y compulsivamente hasta el cansancio, me permitieron evaluar sus palabras; supe que había recibido una lección privada de un maestro que no muchos han tenido la oportunidad de encontrar y que esa lección había condicionado mi vida definitivamente )
Mientras tanto, parecía que mi ropa se secaba rápidamente; acerqué más al fuego mis pies, cubiertos únicamente por mis medias mojadas. Me desplacé un poco a la izquierda, sobre el tronco y seguí escuchándolo.
- Los conocimientos más importantes que puedas adquirir serán los atinentes a ti mismo. Debes llegar a saber con precisión, cuan duro y blando eres, cuan elástico y rígido, cuan fuerte y débil.
Tu peor error, puede ser una mala evaluación de ti mismo; por lo tanto, "aprende de ti", todos y cada uno de tus días. Conocerás el amor y éste te confundirá, porque el hombre aún no posee un claro concepto de él; vívelo como un acto de dar y de servir, sin pedir nada a cambio, Amarás a una mujer, un perro, un hijo o una flor, con un mismo sentimiento canalizado de distinta manera, o no conocerás el amor.
Por un momento sentí una leve sensación de sopor, que desapareció rápidamente, mientras que el anciano continuaba hablando como si tuviera prisa.
- Los hombres - prosiguió -, pasan sus vidas buscando la felicidad y pocas veces la encuentran, por supuesto; pero hay un camino: Concéntrate en las pequeñas cosas. Porque la felicidad reside en la suma de un montón de pequeños instantes. ¡Búscalos y encontrarás la plenitud que será para ti mucho más importante!
Otra ves apareció el sopor, mientras el hombre apuraba sus palabras y el calor creciente de mi estómago se apoderaba de todo mi cuerpo.
-Todo hombre tiene defectos y virtudes; a los primeros, reconócelos y combátelos a las segundas, no las menciones:¡Úsalas!
Un hombre nunca es su escaparate, siempre es su trastienda y la ínfima partícula de energía que lo anima es parte de la suprema energía del Universo. Entonces, ¡ Toma respeto de los cielos !
Sus últimas palabras llegaron como un susurro a mis oídos. Hice un esfuerzo por dominar la somnolencia que me invadía, pero esta vez no pude conseguirlo...
Desperté gradualmente... o despertó mi mente, porque descubrí que mi cuerpo estaba en actividad. Caminaba sobre la vía, en medio de la obscuridad y ya bastante afuera del túnel de cañas. ¿Me había animado a caminar por él con los pies descalzos? Pero no. ¡Mis pies no se hallaban descalzos!
Metí instintivamente la mano en el bolsillo, en busca de mi linterna. Cuando mis dedos la tocaron, mi inmediato pasado desfiló por mi mente en un inaferrable delirio de imágenes: La lluvia, la zanja, el barro, el anciano y yo; que estaba seco, calzado con mis botas, caliente y abrigado. Mi corazón aceleró su ritmo y mis pies lo siguieron.
Cuando llegué a la estación, el auxiliar de turno se alegró de que hubiera apagado las señales tan rápido (!?). No habría trenes hasta después de la salida del Sol, de modo que no deberían prenderse nuevamente. Se despidió y se fue. Quedé solo en mi precaria casilla, atento a los heterogéneos sonidos del viento. Me acosté en un banco y allí me di cuenta de que mi cuerpo temblaba rítmica e imperceptiblemente. Cerré los ojos y me dormí, tal vez para defenderme de mis propios pensamientos.
Desperté con los rayos del Sol calentándome la cara. Salí de la casilla rumbo a una canilla con intención de lavarme. Miré hacia el Sur y una exclamación explotó en mi boca:
-¡ Pero no: "Remalditos sean" !.
Una hilera de zorras de vías me indicó la ubicación de los hombres que obraban cortando las cañas, tal cual lo veníamos solicitando desde hacía meses. Corrí el kilómetro que me separaba de ellos, en un tiempo récord. Todas las cañas en un radio de treinta metros desde la señal, ya habían sido cortadas. Ni cueva, ni fuego, ni troncos. ¡ Nada !
Miré hacia la pendiente del talud, por donde había trepado. Allí aún estaban las cañas y en medio de ellas, las marcas inconfundibles de alguien que había subido o bajado arrastrándose. Varios gajos de cañas rotas se ofrecían amenazantes por su filo, uno de ellos había cortado mi mejilla la noche anterior.
Acaricié mi cara de bebote grande para descubrir que ese corte ya no estaba. Dirigí mis ojos hacia arriba, para "tomar respeto de los cielos" y allí comprendí que ya no volvería a ser el mismo. Que algo había cambiado adentro mío "definitivamente", después de escuchar a ese anciano que yo sé que escuché, en una noche extraña que yo sé que viví y que sería en adelante solo una NOCHE PARA RECORDAR, porque nunca tal vez encontraría la forma de contársela a nadie.


Ver: www.iespana.es/arcablanca o /index.htm