miércoles, 22 de julio de 2009

El Barbaro.


El Kübilay Khan,
nieto de Gengis Khan y fundador del imperio mongol chino
y de la dinastía Yuan a partir de 1276.


PEDRO LAPIDO ESTRAN

El Bárbaro

Cuento
En algún lugar de la estepa asiática no lejos de los montes khangai, en el año 1212


El ave rapaz, sobrevolaba la estepa aguzando su vista perspicaz en busca de una presa, cuando divisó las nubes de polvo que levantaban los caballos lanzados al galope. Su avidez la llevó a acercarse, para comprobar rápidamente que aún no era su tiempo. Abajo, se enfrentaban con ímpetu, dos grupos de jinetes Mongoles montados sobre sus caballos petisos, cuyo vigor los trasladaba con facilidad por las áridas estepas asiáticas.
El Sol, refulgía sobre las hojas de las espadas buscando los cuerpos. Los caballos resoplaban sudorosos ante la exigencia de los hombres. Un grupo empujaba y el otro cedía. En ambos, se advertía la extraordinaria simbiosis de los jinetes con sus animales. En algunos casos, las riendas se hallaban flojas y atadas a los cintos de los guerreros, que conducían a los caballos solamente con sus piernas y sus gritos, mientras con una de sus manos manejaban diestramente sus escudos, protegiéndose y con la otra blandían sus armas asestando golpe tras golpe entre los giros y avances de sus animales.
Las flechas hendían el aire demostrando otra característica de esos guerreros; su habilidad para disparar sus arcos cabalgando. El campo era un aquelarre de hombres endemoniados que mataban o morían con la misma convicción e indiferencia.
A la distancia, un jinete lujosamente ataviado con prendas de seda china y coraza de cuero repujado, observaba la batalla y daba instrucciones que sus capitanes se apuraban a trasladar al campo. Sobre sus botas de cervicapra ( Antílope de la India ) relucían las espuelas de oro y de la empuñadura de su espada surgían los destellos de las piedras preciosas. Un casco de oro matizado con joyas y pieles, cubría sus largos y negros cabellos. En su cara, resaltaban sus finos y colgantes bigotes y la mirada penetrante de unos extraños ojos claros.
Se llamaba "Temujin" y era el jefe de la Nación Mongola, creada por el mismo a partir de la unificación de hombres desterrados de las distintas tribus nómades.
Ahora, trataba de someter definitivamente a una de ellas, dispersa por sus dominios y rebelde a su autoridad. Levantaba su brazo derecho para indicar un avance, cuando una flecha llegó hasta él con la fuerza suficiente como para superar la resistencia de la coraza, atravesar su cuerpo y asomar la punta por su espalda entre el hombro y el cuello. El impacto fue tan sorpresivo y violento que el Conquistador y su guardia quedaron desconcertados.
La flecha, por su trayectoria, no había venido del campo de batalla; lo que ya hubiese sido sumamente valioso para un arquero, porque este se hallaba a considerable distancia. La flecha había partido del otro lado del campo y ese era un disparo increíble.
Superado el desconcierto; Suboday, uno de sus generales, dio la orden para que buscaran y mataran al autor. Los hombres se movilizaban, cuando Temujin la rectificó, mandando que lo capturaran vivo y lo trajeran a su presencia. Ninguno de los hombres presentes se animaba a imaginar la muerte reservada por el Conquistador para el arquero.
Ya en su tienda y mientras la batalla terminaba a su favor; el hombre de los ojos color acero, cortó con su propio cuchillo la cola de la saeta que tenía clavada en su cuerpo. Dobló y colocó un cuero en su boca, apretó los dientes y ordenó a sus ayudantes que la retiraran desde atrás. Luego, ya vendado y sentado en el trono de su tienda permaneció examinándola detenidamente. La madera era lo suficientemente dura como para permitir que la flecha tuviera un cuerpo más delgado que las usuales y a su vez, extremadamente liviana.
Al poco tiempo, sus hombres entraron en la tienda y arrojaron a sus pies a cinco arqueros enemigos entre los cuales supuestamente estaría el autor del disparo. Los prisioneros, desde el suelo no se animaban a levantar la vista temiendo por el golpe que cortara sus cuellos.
Temujin los observó en silencio un momento. Luego, pidió examinar un carcaj lleno de flechas que estaba entre las armas traídas. Las revisó y preguntó a quién pertenecía. Cuatro de los hombres no se animaron siquiera a levantar sus cabezas. El quinto, un pequeño individuo de mirada atrevida, dijo sin ceremonia:
- "Es mío".
Suboday se acercó a golpearlo por su insolencia pero un gesto de Temujin lo detuvo.
- Quiero ver tu arco - Solicitó.
El hombrecito buscó entre las armas y entregó el arco pedido. Era más delgado y más alto que los otros, de madera fibrosa y muy elástica.
- ¿ De donde es esta madera ? - Preguntó el jefe Mongol.
- De un arbusto de los montes Altai - Respondió el hombre.
- ¿ Hay más arcos de estos entre tu gente ?
- No señor es el único.
- ¿ Se podría conseguir madera para construir más ?
- Si señor el Altai está lleno de ella.
El Conquistador arrojó el arco hacia las manos de su general y dijo:
- "Suboday, ténsalo" .
El hombre, - alto entre los Mongoles - y de fuertes brazos, intentó hacerlo varias veces sosteniendo la cuerda contra su cuerpo y alejando el arco o sosteniendo el arco en la punta de su mano y tratando de acercar la cuerda a su pecho, sin conseguirlo. El dueño mientras tanto se esforzaba por disimular una sonrisa.
- Esta bien, déjalo - Ordenó Temujin. Y dirigiéndose al pequeño arquero solicitó:
- Ahora inténtalo tú.
El hombrecito tomó el arco ante las sonrisas de incredulidad de los guerreros presentes; Lo apuntó hacia el techo de la carpa, tiró de la cuerda hacia abajo sin mayor esfuerzo y cuando estuvo tensado lo dirigió directo al jefe Mongol. Suboday lo derribó de un empujón y desenvainó su espada dispuesto a matarlo, diciendo:
- "De modo que fuiste tú, cerdo".
El sable ornamentado de piedras preciosas abandonó la vaina que pendía de la cintura de Temujin y la hoja de acero Persa se interpuso ante la trayectoria del arma anterior.
- Suboday, no vuelvas a decidir por mi en mi presencia. Dijo el Conquistador y preguntó:
- ¿ Es que nunca lograrás ver más allá del alcance de tus ojos ?
Y mientras Suboday lo miraba sin comprender, dirigiéndose al arquero preguntó:
- ¿ Tú arrojaste la flecha que se clavó en mi cuerpo ?
- Sí, gran Khan - Contestó el hombre.
- ¿ Donde conseguiste ese arco ?
- Yo mismo lo hice, gran Khan.
- ¿ Y puedes hacer otros ?
- Si señor, todos los que desees.
Los ojos acerados del bárbaro bosquejaron una sonrisa de satisfacción mientras con la hoja de su espada apoyada en el mentón del hombrecito, levantaba su cabeza y se aprestaba a realizar otra pregunta.
En ese momento, uno de sus oficiales irrumpió en la tienda y tras disculparse expresó:
- "Mi señor, el Príncipe Jamuga ofrece todo su oro y sus piedras preciosas, a cambio de su vida y la de sus generales".
El Conquistador lanzó una carcajada y contestó:
- Sus cabezas ya no podrán lucir su oro ni sus piedras; "Córtaselas"
Esperó a que su oficial se retirara y en medio del sepulcral silencio reinante en la carpa volvió a dirigirse al hombrecito del arco:
-Como vez, ya no tienes jefe.
-¿Quieres morir ahora como un arquero que no pudo matar a Temujin o quieres vivir como el más grande arquero del Mundo, a las ordenes del Gengis Khan? Se dio vuelta para sentarse en su trono, con una casi imperceptible sonrisa en su rostro, esperando la respuesta.
-Te serviré fielmente, gran Khan. Dijo el arquero.
- "No mi señor, mátalo, te traicionará" - Interrumpió el general.
Los ojos color acero del bárbaro acrecentaron su brillo al contestar:
-"Suboday, tú encárgate de que ninguno de mis hombres retroceda jamás y no vuelvas a entrometerte en mis decisiones". Toma ahora cien arqueros nuestros y cien hombres más, parte con ellos hacia el Altay y consíguele a este hombre todo lo que necesite para fabricar cien arcos como este y también sus flechas. Te hago responsable por su vida. Cuando los arcos estén listos quiero que este arquero entrene a los nuestros y cuando hayan terminado, vengan a verme. Temujin ha hablado.
Tres meses después cien arqueros excepcionales integraban la vanguardia del Gengis Khan. Pronto, esa cantidad se fue multiplicando.
Para el año de 1220 el líder Mongol, ya había conquistado todo el Norte de China, Turquestán, Jorasán y el Sur de Rusia y en poco tiempo más, su imperio se extendía desde el Danubio al Mar de la China y de Persia a Siberia. A su lado, entre sus generales, cabalgaba el pequeño hombrecito que un día estuviera a punto de matarlo y en cada una de las avanzadas de sus ejércitos que amenazaban a todo el Mundo conocido; un grupo de increíbles arqueros sembraban el desconcierto entre los enemigos.
Sobrevolando las nubes de polvo, los ahítos buitres seguían las rutas del "Príncipe de los Conquistadores" sin abandonar su prudencia; Ellos no creyeron nunca que el Gengis Khan hubiera aprendido a perdonar.

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